jueves, 18 de diciembre de 2014

MODO LINTERNA DE SERGIO CHEJFEC


Modo linterna, la obra de Sergio Chejfec, comienza con este juego de palabras en boca de su protagonista que es un ejercicio de estilo repetido durante todo el libro:

"Entonces llegué a Caracas como si fuera la primera vez, pero sabiendo que ese deseo, el de la primera vez, sólo es posible cuando se regresa".

Un estilo que se preocupa por los detalles, por ese tirar del hilo de la madeja para confeccionar párrafos que parece que no tienen fin. De esta forma el autor construye su propio estilo, ni mejor ni peor que otros; vanguardista dirán unos, pesado y alambicado otros, pero al fin y al cabo, esa es la manera con la que Chejfec logra expresarse y que deja marca de autor en párrafos como este de "Modo linterna":  

"Por el fondo del dormitorio los visitantes siguen yendo y viniendo como si se tratara de un baile de autómatas tímidos y acuciosos. Mientras tanto el resultado general de los ruidos siempre sencillos, se ha convertido en música adormecedora. Atisba el paisaje profundo de camas vetustas y ventanas enormes, de seres aplastados contra sus lechos, cada uno con su ajuar propio de objetos diminutos como si blandieran esas colecciones privadas igual que argumentos absurdos contra la adversidad. El estertor o la letanía de algún enfermo crea cierto lazo de continuidad colectiva, es el hilo que amarra lo que parece a punto de separarse por efecto del mismo ralentí general. Así, el ambiente reproduce algo parecido a un adormecimiento..."

Un estilo en donde las palabras está elegidas con sumo detalle, como si estuvieran engarzadas con un solo fin: el de crear belleza. Una labor de orfebrería, de intenso trabajo artesanal que no se puede ocultar, como por ejemplo en el siguiente párrafo que destaco:

 "Como tiene demasiados años sobre las espaldas, el hombre quiere dar testimonio de su experiencia. Ha venido a exponer, no a impresionar y mucho menos a convencer".

No me extraña que el propio autor sienta que camina por caminos diferentes a la mayoría de los escritores contemporáneos. Su estilo, es su característica más personal, un arma que se puede volver en contra de él si pierde la dirección correcta o si se va por las ramas en una digresión estéril que no conduce a nada. Esa sensación de regusto amargo, he tenido en algunos de los relatos de este libro, pero quién no se ha sentido perdido alguna vez en su vida. Así es la vida del escritor y así parece definirse él mismo en un texto de este libro: 

"Parezco extraviado caminando por sitios donde nadie tiene nada que hacer. Suena demasiado romántico o poco contencioso como para decir que en eso consiste la vida del novelista documental".

domingo, 14 de diciembre de 2014

MARTUTENE DE RAMÓN SAIZARBITORIA


En Martutene, hay historia y personajes a los que les ocurren cosas. Hay vida, con sus tristezas y sus esperanzas. Hay nuevos amores que invitan a la aventura y relaciones gastadas por el paso del tiempo que perduran por inercia. Hay muchos diálogos entre los personajes pero también muchos silencios embarazosos que insinúan más que las palabras.

"En la playa, rodeados de hombres jóvenes, las cuestiones que a él le conmueven a ella le son indiferentes, de manera que no surge ninguna conversación".

En Martutene, los sentimientos humanos dan forma a unos personajes que no son de cartón-piedra. Hay muchas aristas en sus diferentes personalidades, una forma de ser que nos ofrece un sinfín de actitudes contradictorias, y en muchos casos, esos sentimientos nos desvelan una pesada carga de tristeza.

"Julia no sabría decir cómo se siente tras leerle. Decepción, tristeza, desasosiego. Decepción porque si bien no espera de él nada sublime, sí confía en encontrar algo distinto de lo que hace siempre: una historia, personajes a los que les ocurren cosas, vida. Tristeza porque, como siempre, está él en lo que escribe, él sufriendo. Desasosiego: el que le produce la duda de saber si se toma en serio lo que escribe, si escribe en serio".

Y en Martutene, también hay mucho resentimiento ocasionado por un exceso de cobardía a la hora de afrontar las relaciones. En el libro aparecen parejas que duermen en camas separadas o incluso en distintas casas, aunque siguen manteniendo su relación pese a la falta de amor. Las consecuencias son evidentes y el desgaste deja frases como ésta:

"Abaitua se detiene en la observación de su rictus de amargura, en las mejillas lacias que tiran hacia abajo de la comisura de su boca hasta que se da cuenta de que ella ha captado su juicio. Supone que piensa: “miras mi boca marchita, mi amargura, ésa es tu obra”.

No me extraña que tras la lectura de este libro sienta una sensación de falta de entendimiento entre los personajes a pesar de la cantidad de diálogos que aparecen en el texto. Pero no es extraño, no, porque en realidad nadie se escucha:

"ATENCIÓN FLOTANTE. Es ilustrativo ese término que usan los psicoanalista para designar la escucha que no tiene en cuenta el contenido. Desde niño se hizo experto en prestar oído a las palabras desentendiéndose del discurso. Se solía aburrir mucho en clase y recurría al dibujo para pasar el tiempo. Todavía lo hace en las reuniones en las que, como ésta, se prolongan innecesariamente, en parte porque todo el mundo tiene el prurito de intervenir aunque sea para repetir lo que otros han dicho con anterioridad y, sobre todo, porque la mayoría prefiere estar de charla que en su trabajo habitual".

miércoles, 3 de diciembre de 2014

SIETE AÑOS DE PETER STAMM


De este libro me ha llamado la atención sobre todo la forma en cómo está descrito a lo largo de sus páginas el egoísmo de la pareja protagonista. La historia que se nos narra es la de dos estudiantes de arquitectura que montan su relación -como si fuera un mueble de ikea-, a la vez que su propio estudio de arquitectura nada más acabar la carrera, una empresa floreciente en sus comienzos que por culpa de la crisis económica se ve abocada a una suspensión de pagos. No obstante, ellos no pierden nada en comparación con los "cadáveres" -es una manera de hablar-, que van dejando en su camino. Aunque, como bien dicen los paratextos del libro, "nadie es en realidad mala persona; pero a veces se pierde la luz". Una de sus "víctimas", la principal, es la amante del protagonista, una devota inmigrante polaca con un espíritu de sacrificio propio de una mártir. De lo abnegada que resulta parece tonta, pero nadie puede negar su enorme humanidad que contrasta evidentemente con el egoísmo de la pareja protagonista. 

Como consecuencia de su carácter, a esta pareja de "guapos" burgueses parece que les sonríe la vida, pero su matrimonio naufraga constantemente ya que esa frialdad que les caracteriza hace que parezca que lleven más una relación laboral que matrimonial. Por cierto, esa ambición profesional prima por encima de todo, sobre todo en lo que se refiere a la protagonista de este libro, aunque en el espíritu errante de su marido también sobresale esta ambición:

"A pesar del persistente fracaso tenía la sensación de que mis ideas iban aclarándose, de que empezaba a comprender ciertas cosas más importantes que la forma, el estilo o la estética, y de que, en contra de todo sano juicio, yo era una persona optimista y sentía alegría por el trabajo".

Los continuos altibajos de esta relación interesada, inmadura en muchos casos, nos muestra un tipo de vínculo que ha calado hondo en nuestra sociedad actual: el romanticismo, el amor de la pareja se transforma en un sucio asunto material, un frío acuerdo de bienes gananciales en el que también se incluye el coche de lujo de la pareja o el chalet de ambos. Vamos, que cada uno tiene lo que se merece. 

martes, 18 de noviembre de 2014

IMPRESIONES DE MADAGASCAR (5 Y ÚLTIMA)

Las capitales africanas no suelen ser lugares muy atractivos para el turista, ni los más seguros para su propia integridad y pertenencias. En Tana, como se conoce popularmente a la capital de Madagascar, la seguridad brilla por su ausencia, sobre todo cuando se sale de noche o se deambula por concurridos lugares como el mercado principal de esta localidad. Por esa razón, nuestra guía nos advierte de antemano que la mejor manera de visitar el céntrico mercado de Tana es con los bolsillos vacíos. Bueno, con los bolsillos vacíos y sin cámaras de fotos, ni móviles, ni por supuesto, joyas ostentosas que llamen poderosamente la atención del mangante de turno. Por no llevar, no llevamos ni reloj, y cuando Viky nos plantea quedar a una hora en un punto en concreto, todos reímos la ocurrencia porque vamos casi desnudos para no exponernos a ningún robo. Todas estas recomendaciones de nuestra guía cayeron en saco roto para uno de nuestro grupo, por lo que no dudó en llevar su móvil de última generación además de bastante dinero. Por arte de magia desapareció de sus bolsillos en menos que canta un gallo, y se le quedó una cara de tonto que le duró el resto del viaje. Me figuro que el móvil se materializó en pocas horas en los diferentes coches aparcados al lado del mercado, y que por un módico precio, liberaban en un pis-pas con sus viejos ordenadores los teléfonos robados.


Durante todo el viaje por Madagascar nos acompañan las diarreas. Un día lo sufres en tu propia carne, otro día le toca a tu compañera de habitación que huye despavorida en dirección al cuarto de baño en mitad de la noche, y al día siguiente se extiende como una plaga a una parte importante del grupo. Y eso que nuestra guía tiene la precaución de preguntar a los cocineros de los hoteles si tratan adecuadamente el agua con el que lavan las verduras, y todos le dicen que sí, pero nosotros nos retorcemos a causa de las continuas diarreas que revuelven nuestras delicadas tripas. ¿Será el agua, serán las verduras, será la vajilla que por supuesto no se trata cuando la friegan, será la comida que no llegamos a asimilar convenientemente, o serán los cambios de tiempo entre las frías zonas altas y las cálidas regiones costeras? El caso es que me han extrañado tantos casos de diarrea en un país en el que hemos comido la mayoría de los días en decentes restaurantes, y las comidas nunca han sido ni tan especiadas ni tan exóticas como para que me vea obligado a hacer este comentario escatológico que seguro ha provocado la carcajada de muchos.


Del Indri al ïndico. Ya he hablado anteriormente del Indri, el lemur más tierno a este lado del hemisferio sur. Tan suave como un oso de peluche, un juguete vivo en nuestras manos que hasta se deja acariciar en semi-libertad cuando lo engatusas como a un niño a base de trocitos de plátano. Todo lo contrario del océano Indico. Estamos en la zona del canal de Pangalanes, al noreste de la isla. Esta parte del país destaca por la construcción de una extensa obra de ingeniería de unos 700 kilómetros que sirvió para contener la bravura del océano Indico. Os puedo asegurar que este mar es tan salvaje que horada las playas con tal fuerza que se te quitan las ganas hasta de mojarte los pies. Lo pudimos comprobar los más valientes cuando nos remangamos el pantalón a la altura de la rodilla para jugar con las olas que iban llegando a la orilla a ritmo constante. Dejamos que el agua nos cubriera sólo hasta la altura del tobillo ya que sentíamos como la resaca nos arrastraba hacia el interior como si fuera un imán. Esta fuerza del mar era aprovechada por los niños del pueblo pesquero que visitamos jugando en la playa a su manera. Estos niños no se entretenían construyendo castillos de arena, no. A los críos les gustaba más asumir riesgos subiéndose a lo alto de un talud por medio de unas escalones improvisados que se fabricaban en la arena justo antes de que llegase la ola y se los pudiera tragar. 


Viky es el nombre de nuestra guía en Madagascar. Es una mujer que nunca pasará desapercibida allá adonde vaya. Nos cuenta que ya desde muy joven decidió independizarse de sus padres asumiendo a una edad temprana responsabilidades y obligaciones. Es una mujer que a su edad ya ha vivido muchas experiencias y que también destaca por ser una persona sin complejos. Viky viste de manera informal y también habla con desparpajo, sin miedo a meter la pata en mitad de la conversación. Viky se hizo popular entre nosotros por sus "palabros", aunque teniendo en cuanta que ella es catalana y vive habitualmente en un pueblo perdido en el pirineo leridano, hay que destacar su esfuerzo por hablar el castellano correctamente. No obstante, Viky se hizo famosa por sus frases de ambigua interpretación, como las que a continuación destaco: "que no se pierda nadie que es un lío", "si alguien se pierde yo llevo un silbato", o cuando se inventaba palabras con su habitual naturalidad y que el resto sabíamos interpretar según el contexto de cada momento. Viky, mujer práctica de los pies a la cabeza, lo tenía perfectamente asumido y no dudaba en comentar que lo importante al final es entenderse.


En muchos países del tercer mundo es común encontrarse con una bandada de niños que revolotean alrededor del turista en busca de caramelos o dinero. Los niños son utilizados por sus propios padres como reclamo para enternecer el alma del turista. Es comprensible esta circunstancia cuando aprieta tanto la necesidad, sobre todo si pensamos que una mísera moneda en nuestros bolsillos supone para ellos la posibilidad de comer ese día. 
En Madagascar sí que hay niños que piden en las calles, sobre todo porque hay más miseria en las ciudades, pero en los pequeños pueblos te encuentras a niños que sólo pretenden jugar con el visitante. Nos pasó en un pequeño pueblo pesquero a orillas del mar Índico en donde unos niños jugueteaban en la playa buscando nuestra complicidad. Corríamos detrás de ellos simulando una persecución y ellos rompían a reír con grandes carcajadas. Así hasta que nos dimos cuenta de que era la hora de regresar a la barca con el resto de compañeros, y como nos vieron despistados dudando en un cruce de senderos, no dudaron en ejercer de guías indicándonos el camino de regreso. 
Y una experiencia similiar la vivimos en otro pueblo del canal de Pangalanes, en donde un niño se nos acercó curioso y con ganas de entablar conversación mientras paseábamos a orillas del canal. En esas que observamos como un señor del poblado se desviste y cruza el agua hasta la otra orilla en calzoncillos. A nosotros nos pilla de sorpresa, porque pensábamos que había más profundidad, pero sólo le cubre hasta la cintura. Está claro que debe ser el paso habitual de una a otra orilla para la gente del cercano poblado. Ya que hace calor, decido darme un chapuzón muy cerca del paso. El niño, nada más que me ve meter los pies en el agua piensa que también quiero pasar a la otra orilla, y me hace gestos con la mano para indicarme el camino correcto. Ante su insistencia, y como nuestra comunicación sólo funciona mediante gestos, intento explicarle mis verdaderas intenciones que el crío comprende rápidamente, no obstante, agradezco su atención con una de las pocas palabras que se decir en malgache: misaotra, un gracias en su idioma.


No niego que cuando viajo por el mundo me considero un turista. El término viajero enfrentado al de turista es una discusión estéril que no lleva a ningún camino. Hay mucho viajero disfrazado con la vestimenta del coronel tapioca que no es más que un coleccionista de visados. Un caso aparte son estos viajeros armados con sus exclusivas cámaras fotográficas a los que no les tiembla el pulso cuando se trata de captar las moscas comiéndose la carita de los niños famélicos africanos. A esta clase de gente se le huele a la legua y su presencia se hace evidente nada más que desembarcan con su ardor guerrero por hacerse un hueco frente a todos los demás turistas. Buscan una foto exclusiva con la que impresionar a sus amistades nada más que regresen a su afortunado primer mundo. Frente a esta forma de viajar o de hacer turismo, está lo que a continuación os describo y que es la última impresión de mi viaje por Madagascar: "pasear" un pueblo. Cada guía tiene una forma de trabajar, un estilo muy personal de viajar con un grupo de turistas. Viky es de esas guías a las que les gusta hacer una parada con el autobús a la entrada de un pueblo para que estiremos las piernas mientras el conductor nos espera con el vehículo a la salida del poblado. De esta sencilla manera visitamos el pueblo, normalmente menos turístico que otros de obligado visita; pequeñas poblaciones en donde el turista pasa habitualmente de largo y en donde su estancia causa verdadera sorpresa entre sus habitantes. Uno tiene la impresión de caminar y no estorbar. Ya sé que sólo es una ilusión fruto de mi inquieta imaginación, que busca, compara y no encuentra mejor forma de integrarse con la población.

viernes, 24 de octubre de 2014

IMPRESIONES DE MADAGASCAR (4)


En la ruta en 4x4 por la costa oeste se pasa por muchas aldeas perdidas en mitad de la nada. En todas ellas hay una característica en común: un hombre de porte digno que parece el jefe del poblado y que nos mira como si ya sobráramos. Ni se te ocurra sacarle una foto porque parece un gallo de pelea, de esos que tienen tan malas pulgas que no dudan en enfrentarse con cualquier otro gallo que se adentre en su territorio. Otra característica de este hombre es que siempre lo encontramos un poco alejado del resto, ya que como buen macho que es no necesita a nadie que le dé palique. Me figuro que es de esos machos alfas de la manada que sólo se dignan a acercarse cuando tiene que ejercer de semental. Igual que un gallo en su corral, hace y deshace a su antojo.



Madagascar se define en tres colores: el verde de la época de lluvia, el amarillo de la estación seca y el negro de cuando los agricultores queman la hierba seca para que crezcan nuevos brotes. A esta quema "controlada" de rastrojos que reseca la tierra, se une la tala masiva de maderas nobles en beneficio de las clases adineradas, junto con el uso masivo de la leña para cocinar por parte de la inmensa población malgache. Por eso, la anteriormente llamada gran isla verde se observa desde el cielo de color rojizo por culpa de esta agresiva desforestación. En Madagascar, te muevas por donde te muevas, es fácil encontrarse la señal delatora del humo y una bandada de aves rapaces sobrevolando el cielo a la espera de comerse todos los reptiles que intentan huir del fuego.


Hay sorpresas en la vida que serán muy difíciles que olvidemos; anécdotas de viajes que contaremos mil veces como si fuéramos el abuelo porreta. Una de ellas se refiere a la mariscada que nos comimos en Belo-Sur-Mer, un bonito pueblo de humildes pescadores en la costa oeste de Madagascar. Viky, nuestra guía en el país, nos tenía preparada esta sorpresa en los bungalows de lujo en donde estábamos alojados ese día. Langosta, ostras, camarones, almejas... Lo curioso de este viaje es que intercalamos días enfangados de polvo y comiendo en el suelo un pic-nic a la sombra de un mango, con otros en donde el lujo nos hace sentir que somos personas importantes en contraste con las miserias del país que visitamos.


Estamos en Morondava. Hace calor, mucho calor. La calurosa noche invita a cenar en una terraza y a disfrutar de la velada tomando unas copas. Por recomendación de nuestra guía cenamos en un restaurante rastafari con música en directo. El ambiente es muy peculiar, parece que no estamos de vacaciones en Madagascar sino en Jamaica. Y el ritmo, también es diferente. Si la frase que describe al estilo de vida de los malgaches es el "mura-mura", o sea, que prisa mata, el ritmo de un malgache-rastafari es como para armarse de paciencia y olvidarse del paso del tiempo. Tardamos un mundo en cenar, pero la música, la bebida y el ambiente del bar nos hacen olvidar el hambre que estamos pasando. Por fin nos sirven la comida mientras disfrutamos bailando al ritmo de Bob Marley.


Día libre en Morondava. Acostumbrados a ir de la mano de nuestra guía durante todo el viaje, tardamos un poco en reaccionar cuando tenemos que planificar nuestro día libre de actividades. Viky nos propone varias alternativas que hacen que el grupo se divida según sus motivaciones. La mayoría decidimos realizar un trayecto en barca por los manglares junto con la visita al pueblo pesquero de Betania. Después del paseo por el pueblo, nos dirigimos a la playa en donde las barcas de pescadores van llegando poco a poco según acaban su faena. Es toda una experiencia asistir al momento en que los pescadores y sus familias sacan el pescado recién capturado, seleccionándolo para su propio consumo y venta según tamaño y variedad. Nadie se molesta por nuestra curiosidad, aunque siempre hay alguno del grupo no tan discreto que no duda en meter la cámara directamente en las narices de los pescadores. Se diría que todo fluye en la playa de Betania y que estamos viviendo uno de esos momentos mágicos que se experimentan tan pocas veces a lo largo de una vida. Es una sensación como de atrapar el tiempo y de sentir que el ritmo natural de la vida es el que respiramos en Betania.



El animal por excelencia de Madagascar es el Indri. Es un lemur que intenta luchar por su supervivencia siendo una de las especies más amenazadas de esta isla. Los proteccionista lo tienen complicado porque otra de las razones por las que está seriamente amenazada esta especie es porque no se ha podido criar en cautividad. Ahora mismo, este lemur habita sólamente protegido en parques naturales y su número es cada vez más escaso. Lo más característico de este curioso lemur es que es capaz de emitir un grito que se oye en un radio de dos kilómetros. Impresiona oír el volumen de sus gritos en medio de la espesura de un bosque primario. Más características del indri: es un lemur sin cola, monógamo, el clan familiar lo domina la hembra y tienen una esperanza de vida de unos cuarenta y cinco años. Su hábitat se encuentra en los árboles, por los que transitan de rama en rama con gran agilidad, y sólo bajan a tierra para comer arcilla que les sirve para neutralizar la acidez de las hojas, y para que los simpáticos turistas les podamos fotografiar y acariciar como si fueran ositos de peluche.

martes, 14 de octubre de 2014

IMPRESIONES DE MADAGASCAR (3)

No llevamos ni una semana de viaje y la comidilla del grupo es que tenemos la sensación de haber pasado un mundo en Madagascar. Es la primera señal de que en estas vacaciones estamos desconectando de nuestras rutinas habituales. Es como si tuviéramos pintado a bolígrafo un reloj en la muñeca porque el tiempo discurre como si no fuera con nosotros. Es lo más parecido a vivir de la manera más natural, que no es otra que levantarse con la salida del sol y dormir como un pajarito cuando se echan las primeras horas de la noche. Hemos llegado a Isalo y el calor hace su presencia por primera vez en el viaje. Menos mal que la caminata prevista cuenta con la posibilidad de bañarse en varias pozas de agua helada. Es la mejor manera de combatir la canícula y de sentir eso que vengo diciendo desde que he empezado esta impresión, que el tiempo pasa volando cuando estamos felices.

Ilakaka es lo más parecido a un pueblo del salvaje oeste. Y el topónimo no puede ser más acertado para lo que se destila en esta población. Nos cuenta la guía que este pueblo puede llegar a ser muy peligroso cuando se agota la veta de la mina en la que trabajan la mayoría de sus habitantes. Estamos hablando de minas de zafiros y de mujeres tamizando el río en busca de piedras preciosas. Estamos hablando de mucho dinero en juego, de pobres mineros que trabajan bajo duras condiciones por un jornal que les permita sobrevivir; me refiero a lo más parecido a esos despiadados buscadores de oro que hemos visto en muchas películas que matarían por unas pepitas de oro. Ahora la mina está abierta, pero aún y todo, recorremos la calle central del pueblo con mucha precaución. A pié de calle no se venden collares, telas o suvenires para turistas. En este pueblo se venden piedras preciosas, desde las que son más piedras que preciosas y son vendidas por gente muy humilde, hasta las más valiosas que se venden en locales lujosos con guardias de seguridad apostados en la puerta.

En toda África es común el pollo olímpico. ¿De qué animal exótico hablamos; no se tratará de una aberrante mutación animal? Pido calma a la humanidad, porque este pollo no es otro que el que vemos habitualmente picoteando por míseras aldeas y también por pobladas ciudades africanas, y que es capaz de correr a grandes zancadas como si fuera en pos de un record mundial. Es que este animalillo tiene tipito de fondista africano y una gran genética para la carrera. Pero eso sí, desde el momento que lo cocinas en la cazuela pierde todos sus virtudes y pasa a convertirse en un plato correoso y duro. Para colmo, es utilizado como principal ingrediente por la inmensa población africana, con lo que es fácil que forme parte del menú del turista a lo largo de su viaje. Lo pruebas una vez, incluso dos, pero a la tercera ocasión la mayoría nos decantamos por el pescado o el cebú, que por lo menos tienen una presencia más agradable.

Llegamos a la zona costera del oeste de Madagascar y dentro de las actividades programadas para el día está una excursión en barco de vela tradicional de la etnia Velo. Las barcas cuentan todas con dos tripulantes y pueden llevar tranquilamente a cuatro pasajeros que se sientan en fila india a lo largo del tronco vaciado de una pieza que forma el casco de la piragua. A simple vista no fuimos capaces de ver ningún clavo en la estructura y la vela era un trozo de tela parcheada y sucia que manejaban con destreza los marineros buscando la fuerza del viento. Nuestro barquito tuvo un pequeño susto en mitad de la navegación por culpa de un fuerte golpe de viento que nos dejó mudos porque casi nos vuelca la embarcación. Gracias a la rápida intervención de nuestro equilibrista-marinero, que se subió al patín con el que cuenta la piragua para estos casos, pudimos evitar el pequeño naufragio. Después de que volcáramos hace unos días en Tulear con un pousse-pousse mientras trazábamos una curva, y que nos dejó un poco magullados, nuestros compañeros de barco pensaban que éramos unos auténticos gafes. La travesía continuó sin sobresaltos pero por culpa de este contratiempo llegamos los últimos a la isla desierta, y nuestra bandera, que no era otra cosa que un vulgar pañuelo de mocos, no fue la ganadora de la regata de "traineras" de Andovadoaka.


La ruta de la costa oeste de Madagascar se hace con vehículos todo terreno porque no hay carreteras, y las pistas son caminos de tierra llenos de baches que dejan a vehículos y personas cubiertas con un fina capa de polvo. Este polvo nos acompaña durante todo el trayecto, se masca en la comida del picnic, y tras la ducha ensucia las toallas de un color marrón muy delatador. La jornada más larga de este recorrido nos lleva hasta Manja, un pueblo humilde perdido en mitad de la nada. Deambular por sus calles es como retroceder un siglo. Casi te sientes como un verdadero negro y no como turistas, que es lo que realmente somos, ya que nadie te ve como un "dólar con patas". Comprar unas botellas de agua o unos plátanos en el mercado supone pagar el precio justo, y sin pasarse. Y beber una cerveza de 650 cl en la terraza del hotel, mientras se comentan las incidencias del día, nos cuesta 3000 aris, un euro al cambio. En Manja nos pasó también una de las anécdotas más divertidas de este viaje. En el paseo por el pueblo nos encontramos con un policía despistado aficionado al soborno que nos pidió los pasaportes. El ánimo del policía no era otro que sacarnos algún dinerillo porque en este país el turista está obligado a llevarlo siempre consigo. Como ya estábamos advertidos por nuestra guía le plantamos en la cara los documentos de identidad, y el poli se quedó con una sonrisa de tonto pintada en su cara y sin negocio.

lunes, 6 de octubre de 2014

IMPRESIONES DE MADAGASCAR (2)


Ya en nuestro primer día de viaje pudimos ver los primeros muertos en la carretera. No se trataba de los provocados por accidentes de tráfico, ni de las víctimas de una batalla campal entre dos etnias enfrentadas. No, sencillamente me refiero a la celebración de la Famadhiana. En esta curiosa tradición se festeja a los muertos durante tres días, eso sí, cuando la propia familia cuenta con el dinero suficiente para semejante dispendio. Cuando se dan esas circunstancias materiales la familia desentierra a sus muertos, los transporta si hace falta atados al techo de un autobús o camioneta hasta la casa familiar, y se monta una fiesta de cuerpo presente para todo el pueblo con banda de música y bailables. Aprovechando un alto en el camino ejercimos de intrépidos turistas colándonos en una fiesta de la Famadhiana. La celebración la vivimos muy en primera persona, incluso algunos del grupo acabaron formando pareja de baile con varios familiares de los muertos mientras el resto nos mezclábamos con gente sin saber su verdadero parentesco. La experiencia fue corta, porque debíamos proseguir nuestro largo camino, pero de una calidez humana que no pasó desapercibida para nadie del grupo. Nosotros nos fuimos, pero la fiesta seguía y el alcohol se manifestaba en las caras sonrientes de la gente. Así los dejamos, felices al contar con la presencia de sus muertos, a los que una vez festejados vuelven a enterrar, esta vez para siempre.




Ahora no lo recuerdo bien, pero pondría la mano en el fuego si os digo que desde la primer noche de estancia en Madagascar, un parte del grupo no dábamos por finalizado el día hasta que no saboreábamos un vaso de ron. Y cada noche era una sorpresa diferente, ya que según la categoría del local te podían servir un ron local de dudosa calidad o sentirte sorprendido gratamente con un ron "arrange" de vainilla, baobab, canela, café, etc, etc, que tanto gustan en este país. Estos últimos son los que nosotros denominados licores y que en nuestro país también son de variados sabores. A mí me gustan más los rones a palo seco, pero cuando no había esa posibilidad tocaba arriesgarse y probar un ron cualquiera de los allí expuestos. A veces había suerte y las botellas estaban colocadas en la barra del bar, por lo que era fácil hacer un descarte fijándose en la intrigante apariencia de algunos licores de color sospechoso. Unas veces se acertaba y saboreabas a gusto el digestivo, y otras, tocaba beberse el vaso de un solo trago y sin respirar.



En Madagascar se aprovecha todo de un arrozal. Además de la posibilidad de contar con dos cosechas anuales de arroz, en la época seca los agricultores se pasan al gremio de la construcción y aprovechan el limo seco de los arrozales para fabricar ladrillos. Se ven familias enteras acarreando ladrillos de adobe que van del arrozal al horno para ser cocidos y después depositados en enormes pilas para su posterior transporte. Un trabajo muy duro, sobre todo para los niños y niñas que colaboran con sus padres para aportar más dinero a la familia. En la parte central del país, que es más próspera que otras zonas de la isla, tienen mucha salida estos ladrillos porque se construyen con ellos casas de hasta dos plantas, muchas de ellas con tejado de paja, por donde sale el humo de las cocinas. La contrapartida de esta extracción agresiva del limo de los arrozales por parte de los agricultores es la aparente pérdida de fertilidad de la tierra, que unida a la abusiva desforestación del país, dan como resultado un paisaje sin vegetación, totalmente erosionado, que a vista de pájaro ofrece un aspecto desolador en donde predominan los tonos rojizos.