jueves, 5 de enero de 2012

EN LAS DUNAS DE LOS LENÇOIS

Os dejo como regalo de reyes un relato corto de mi factoría:


Una sombra húmeda y familiar de vegetación amazónica crea un manto protector sobre toda la superficie del parque zoobotánico de la ciudad de Belem. No obstante, el calor asfixiante reina en el ambiente enrarecido de la tarde. El lugar está desierto, y sólo una quietud de pasos apagados se percibe en la distancia. Me siento en un banco de piedra del parque intentando recobrar el aire fresco que le falta a mis pulmones. Hace tiempo que noto en mi piel esa desagradable sensación que se siente al contacto con la ropa mojada. A decir verdad, justo desde que salí esta mañana de mi hogar. Porque en esta ciudad ecuatorial el calor se mantiene dentro de las casas todo el año. Y, dentro del cuerpo, toda la vida. A pesar de los años de residencia en este país tan lejano a mis raíces, todavía me cuesta acostumbrarme al ritmo cansino que impone este clima bochornoso, preámbulo de tormentas que se anuncian a diario con su aparato de rayos. En poco tiempo las puntuales tormentas descargan un desafuero de aguas torrenciales que refrescan las hojas de los mangos, pero casi nada a las personas que buscan su sombra mientras deambulan por las amplias avenidas de la ciudad.

 Suenan las campanas de la cercana iglesia de Nazaret anunciando las tres de la tarde. Como de costumbre he llegado muy puntual a la cita. Una cita que se antojaba ineludible para la persona de voz impersonal que reclamaba mi presencia. Los escuetos datos aportados por teléfono para que pudiera identificar a esa voz anónima me aseguraban que no habría confusión: se trataba de una mujer de mediana edad, alta y de melena rubia, y para más señas llevaría puesto un vestido blanco. La misteriosa mujer me comentó también que ya nos conocíamos de hace muchos años, pero prefería no revelar su identidad para que fuera una sorpresa.

Una corriente de aire fresco acompañó la llegada de una atractiva mujer por una de las esquinas del parque. Sin vacilar en su paso se dirigió directamente hasta llegar a mi altura. Se trataba de una mujer de larga melena rubia, con un vestido blanco de amplio escote que realzaba sus formas. Mis ojos valoraron en pocos segundos su esbelta figura enmarcada sobre un fondo vegetal verde esmeralda que presagiaba un misterio por resolver. Me extrañó no reconocer enseguida a esa mujer que, sin mediar palabra, me besó directamente en la boca. Una presentación tan directa exigía una rápida aclaración.

- Hola Juanito, ¿parece que no has reconocido mi forma de besar? Sigues poniendo la misma cara de sorpresa de cuando antaño te cazaba en falso intentando disimular. - Pero... ¿quién eres? -Me removí inquieto en mi asiento, asiéndome con tanta fuerza al borde del asiento que hasta llegué a clavar las uñas en la piedra. - De todas formas, no me extraña -continuó ella sin prestarme mucho caso-. Ha cambiado mucho mi aspecto en todos estos años. Me presento: soy Anabela, aquella joven que besaste con pasión entre las dunas del Parque Nacional de los Lençois.

Me quedé atónito. Mi memoria intentaba en vano remover en los posos que deja el pasado para poder identificar a esa mujer, pero sólo retornaba la imagen de un chica totalmente diferente a ésta, ni tan sensual, ni tan provocadora como aquella joven Anabela que conocí en el entorno maravilloso de los Lençois.

- ¿Parece que te he dejado mudo? -pero Anabela no lo preguntó con ánimo de bromear, sus palabras surgían de un lugar helado y permanecían como témpanos de hielo en contraste con el ambiente-. Hace unos cuantos años tuve un grave accidente de coche que me desfiguró la cara -aclaró Anabela con semblante desafiante-. No quería estar marcada el resto de mi vida, por eso me puse en manos de un cirujano plástico que ha obrado el milagro que contemplas. - ¡Joder; qué me dices...! ¡No sabía que hubieras tenido un accidente tan grave! -quise dar voz a mis desorientados sentimientos, pero a pesar de mis esfuerzos me expresaba con evidente torpeza, lo que provocó que una corriente de sudor frío dejara en evidencia toda mi capacidad de respuesta-. Anabela, de verdad que lo siento. Debiste sufrir mucho...

Anabela permaneció callada durante un tiempo prudencial, como si meditara una respuesta que en ningún momento iba a parecer sencilla. Me limité a mirar directamente a sus ojos, a intentar crear un vínculo con esa parte de su cuerpo que reconocía de la que antaño fue mi primer gran amor.

Juanito, quiero que sepas la verdad, que conozcas la vida miserable y deprimente que sufrí desde que rompiste nuestra relación -me soltó de golpe, como el que arroja una piedra con la intención de hacer daño a su oponente-. Ya desde el día siguiente a la ruptura de nuestro compromiso la vida dejó de tener importancia para mí, por eso empecé a beber mucho, a todas horas -Anabela se calló de repente, como si quisiera imprimir más fuerza a su argumentación tras una pausa meditada-. Hasta que un día amanecí medio inconsciente, hecha un ovillo desmadejado encima del sofá. Y, delirando a gritos los estertores de una borrachera que no tenía fin, me monté en el coche como pude. Me guiaba una única intención: despeñarme por alguna curva de la carretera y poner fin a tanto sufrimiento, pero el accidente sólo me dejó gravemente herida y desfigurada.

Anabela..., no sé qué decirte..., me has dejado completamente helado -volví a balbucir desconcertado. Estaba absolutamente rígido, clavado de forma literal a ese banco de piedra que ya formaba parte de mi propio cuerpo-. Pero perdona que te lo diga, después de tanto tiempo sigo sin comprender el motivo de esta cita, porque que yo recuerde, la decisión de romper nuestro noviazgo fue mutua -intenté rehacerme, notando mis manos cada vez más sudorosas a causa de la presión desafiante de su mirada. Buscaba una última reacción a la desesperada aunque supusiera gastar mi último cartucho en el empeño.

¿Qué no lo comprendes? -preguntó enfurecida Anabela-. Hace mucho tiempo que un sueño envenena mi cabeza: es la imagen de mis sentimientos podridos por los suelos. Y esa amargura está ligada a tu recuerdo desde que me abandonaste un día de lluvias torrenciales. He luchado toda mi vida por olvidarte, por superar mis complejos que te tenían idealizado en un altar. Hasta que hace bien poco conseguí, tras muchas penurias eso sí, dar con el hilo perdido de mi existencia, y comprendí que mis fantasmas se esfumarían si conseguía encararme directamente con ellos. Por eso necesitaba buscarte, aunque tuviera que recorrer todo el mundo. De una vez por todas, quería sentir que también tú eres humano y vulnerable, y mirarte a la cara, para saber con certeza que mis sentimientos ya te tienen olvidado.

Me quedé bloqueado bajo el peso de tanta responsabilidad. Desconocía hasta este momento el dolor provocado, un sufrimiento que mi antigua novia me achacaba con tanto rencor. Mis recuerdos se remontaban a una escena de crisis, con los reproches propios de toda ruptura sentimental, pero nunca hubiera imaginado tal destrozo en los cimientos de su alma. Imaginaba que la distancia acordada entre los dos, e impuesta por la necesidad de olvidar, supondría el mejor bálsamo para aliviar la tensión generada en tan agrias circunstancias. Por eso, en estos instantes de incertidumbre, un mecanismo de autodefensa me repetía constantemente una pregunta: ¿Y, a estas alturas de la vida, cómo se me podía exigir tan ingrata deuda moral?

Sólo espero, que después de tanto tiempo este encuentro te haya servido para saldar cuentas con tu pasado -le contesté apesadumbrado a Anabela en el momento que pude recuperarme de la impresión-. Ya has podido desahogarte a gusto y descargar tanto odio enquistado tan profundamente en tu alma.

Sí; tienes razón. A partir de este momento, -y Anabela sonrió por primera vez en toda la conversación, a la vez que hacía un gesto con sus manos como de liberarse de unas cadenas imaginarias-, ya puedo olvidarme de tu rostro para siempre.

Sin añadir ni una palabra más a la conversación, Anabela se dio media vuelta, y el eco de sus tacones se perdió en dirección a una de las salidas del parque. Yo me quedé sentado en el banco, a solas con mi sombra alargada extendida sobre un suelo de tierra encharcada. Poco a poco, la noche me cobijó con su manto de estrellas; con su luna de plata iluminando mi cara de pena.

lunes, 26 de diciembre de 2011

MI LISTA DE LIBROS DEL 2011

Acaba el 2011, y como hice el año pasado, aquí os dejo mi lista de los diez mejores libros que he leído este año. Por si acaso, aviso que no todos son novedades literarias: 1º) 84, CHARING CROSS ROAD de Helene Hanff 2º) PLATA QUEMADA de Ricardo Piglia 3º) JUVENTUD de J.M.Coetzee 4º) TRENES HACIA TOKIO de Alberto Olmos 5º) TRES ATAUDES BLANCOS dE Alberto Ungar 6º) LA TRILOGÍA NOCILLA de Agustín Fernández Mallo 7º) TOKIO YA NO NOS QUIERE de Ray Loriga 8º) ILUSTRADO de Miguel Syjuco 9º) DESEO DE SER PUNK de Belén Gopegui 10º) VERANO de J.M.Coetzee Feliz año nuevo a todos los que seguís este blog.

viernes, 16 de diciembre de 2011

UNBOXING DEL KINDLE POR PALABRAS

Esta semana he recogido el paquete conteniendo el nuevo lector de libros Kindle (cuesta 99.- euros + 2,99.- euros de gastos de envío). Son rápidos esta gente, en menos de cinco días ya tenía el mensaje en mi móvil para que recogiese el pedido que había hecho vía web. Una vez desenvuelto el pequeño paquete puedo apreciar las dimensiones reales del aparato, que cabe perfectamente en el bolsillo trasero de mi pantalón. Y dentro de la caja, aparte del kindle y sus instrucciones de uso, no hay mas que un cable USB para conectarlo al ordenador. Todo muy sencillo, como para tontos. Agarro con mucho cuidado el lector, ya que parece tan delicado que me da miedo que por un descuido se me resbale de las manos. Una vez que pulso el botón de inicio del kindle, sale un sencillo menú de configuración para elegir el idioma, etc. Ya sabía de antemano que de serie venía cargado con el diccionario de la Real Academia Española de la lengua y el Oxford English, pero también se pueden descargar los diccionarios de francés, portugués e italiano para quien los necesite. Como ya me había dado de alta en amazon cuando encargué el kindle, entrar en la tienda amazon y bajarse libros (en este caso, los clásicos gratuitos), no cuesta mas que un clic. He probado tanto desde el ordenador como desde el lector, y como ambos están sincronizados aparece a la vez en los dos soportes sin ningún problema. Toca trastear con el kindle, manejando los botones y el teclado que aparece en la pantalla digital para realizar la búsqueda de libros, etc. Este modelo kindle no cuenta con una pantalla táctil para manejar el teclado ni moverse por las páginas de los libros, y reconozco que eso ralentiza el uso del aparato, pero considero que no es una desventaja muy significativa. El kindle se puede manejar con una sola mano gracias a su ligereza (170 gramos) y sus botones laterales que permiten pasar las páginas de forma bastante rápida. Ya sólo nos queda trastear por la tienda de amazon para comprobar su catálogo. Ahí es donde más pegas encuentro. Los de Amazon presumen de contar con más de mil libros gratuitos de clásicos de la literatura. Pues nada, me bajo 20.000 leguas de viaje submarino de Julio Verne y cuando me pongo a leerlo me aparecen palabras con las sílabas finales separadas. A lo mejor es que he tenido mala suerte con la elección y el resto del catálogo no está lastrado por ese error; no lo sé. Consulto el catálogo de pago y me encuentro también con varias lagunas. Si buscas un libro de un autor menos famoso te puedes encontrar que figure la versión en papel pero no la digital. Y esta vez hago varias consultas para probar y en todas me encuentro con el mismo problema. Me figuro que el catálogo de amazon se irá actualizando poco a poco, y que con el tiempo y una caña todo libro publicado aparecerá tanto en versión digital como en su formato tradicional en papel. De todas formas, mi valoración final es bastante positiva y recomendaría el kindle para un uso compartido con el libro en papel, ya que para mí son dos sistemas que por ahora son totalmente compatibles.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

BAGÁN

BAGÁN (18-21 DE AGOSTO) Nos despedimos de Mandalay embarcándonos bien de mañana en un viaje que nos llevará después de unos 350 kilómetros y unas once horas de navegación por el río Irawadi hasta la ciudad de Bagán. Esta larga travesía supone, por tanto, pasar todo el santo día dentro de la superficie de un pequeño barco. No hay muchas comodidades, pero tampoco estamos nada mal, sobrellevando el día recostados en las tumbonas mientras sesteamos, comiendo las viandas que previamente hemos comprado para almorzar, jugando a las cartas, tomando ese sol que por fin se anima a salir y admirando el paisaje que lentamente vamos dejando atrás, con un cielo en donde el horizonte se extiende sin límites solamente difuminado por algunas nubes que presagian tormenta. Una vez en Bagán nos instalamos en el hotel Thante que cuenta con unos bungalows y sobre todo con una piscina que seguro que utilizaremos en estos días que se presagian un tanto bochornosos. Pare recorrer la zona monumental de Bagán hay dos maneras de hacerlo, o bien en carro, o bien en bicicleta de alquiler. Nosotros elegimos la bici, ya que nos permite desplazarnos con comodidad de pagoda en pagoda. Manu nos ha proporcionado un mapa con las pagodas más representativas y el orden para visitarlas. Nos movemos siguiendo las indicaciones de nuestro plano como si participáramos en una prueba de orientación, parándonos en todas las pagodas marcadas de antemano como si se tratase de balizas. El conjunto monumental no desmerece en nada a lo que esperábamos. Nos encontramos pagodas pequeñas decoradas con antiguas pinturas en sus muros de un gran valor artístico, pagodas de gran tamaño que ponen a prueba nuestras piernas al intentar subir sus empinados escalones, y pagodas edificadas en una posición privilegiada, como la llamada Taghyanpone, que nos permite realizar unas fotos de toda la zona monumental al atardecer que ya de por sí justifican un viaje a Birmania. En sólo dos días recorremos en bicicleta toda la zona arqueológica, moviéndonos por carreteras asfaltadas y caminos de tierra que ponen a prueba nuestra pericia sobre las bicicletas. El tiempo sigue revuelto, provocando que de vez en cuando tengamos que guarecernos de la lluvia debajo de un árbol o bajo el techo de un restaurante que elegimos al azar. También pasamos por el pueblo de Minnanthu, en donde una niña, cómo no, (en estos países siempre te encuentras con un niño en el camino que curra para la familia), nos ofrece que pasemos por su casa. Su hogar parece un museo etnográfico, con su telar, con su molino para moler sésamo para aceite, con su cocina tradicional en donde nos enseña la alimentación que llevan, sobre toda a base de vegetales porque la carne es más cara para ellos, y con su puestecillo en donde venden las telas que confeccionan ellos mismo. El último día en la zona de Bagán nos conduce hasta el conocido monte Popa. Y el tiempo que tampoco vuelve a acompañar, porque el día sale nublado y no nos permite ver la roca volcánica en el que está asentado el monasterio de Popa. Pues nada, bajamos del autobús, nos descalzamos y subimos las tropecientas escaleras que no llevan hasta la cima del monasterio. Si es reconocido el monte Popa es sobre todo por la cantidad de monos que alberga. No me extraña que no haya más que cagadas de monos por toda la escalera, y claro, andar descalzo no resulta ni muy agradable ni higiénico. Y ojo con los monos, que tienen muy mala leche y no se les puede sostener la mirada mucho tiempo, o como te descuides te roban la cartera como si fueran vulgares rateros. En este final de viaje siento que un sentimiento de decepción se está haciendo fuerte dentro de mí. En estas circunstancia me pregunto si merecía la pena el desvío hasta el Monte Popa para sólo intuirlo y pisar cagadas de mono, si hubiera sido mejor haber pasado el último día en otro lugar que no fuera Yangón, que ya lo tenemos visto, etc. Aunque creo que mi estado de ánimo está influído por la pequeña gastroenteritis que me persigue en este final de viaje. No lo sé; también está la tristeza motivada porque el final del viaje ya está demasiado cerca, tanto que nos sentimos nostálgicos cuando realizamos las últimas compras, los últimos regalos para cumplir con amigos y parientes.

domingo, 13 de noviembre de 2011

TINTÍN Y LECTURAS DEL MES

Salgo de ver la película de Tintín en tres dimensiones. Una pasta. Diez euros por persona porque nos hemos tenido que comprar las gafas de 3D. Es la primera vez que veo una peli en 3D y no puedo comparar, pero creo que los efectos especiales de esta película no son tan impresionantes como para que sea obligatorio verla de esta manera. Me ha gustado la unión que han hecho de los tres títulos de Tintín para la elaboración del guión (creo que son sólo tres, porque que yo sepa en la peli se recogen EL CANGREJO DE LAS PINZAS DE ORO, EL SECRETO DEL UNICORNIO Y EL TESORO DE RACKHAM EL ROJO). Ya compararé cuando saquen en un futuro la segunda parte de esta película, porque han dejado un final abierto para sacar más dinero con las historias de Tintín. He terminado de leer LA CENA de HERMAN KOCH. No me gustan los libros con moralina y éste es uno de ellos. Tampoco me ha gustado la violencia que se describe y no porque se pretenda justificar, como es en el caso de los protagonistas de este libro, sino porque me da mal rollo que ande tanto loco por el mundo envuelto en piel de cordero. Prefiero los malos que no se ocultan porque se les ve venir. Me estoy poniendo al día con los comentarios sobre libros que he leído. Otro que he terminado recientemente es LA PRESA de KENZABURO OÉ. Bueno; se lee rápido esta historia sobre la pérdida de la inocencia. También es un libro duro porque de repente te das cuenta que hay mucha maldad en el mundo y que como no espabiles te pisan, te humillan, te joden, te dan por el culo, etc. Vamos, que para sobrevivir en este mundo hay que ser un poco cabroncete. Y el mejor libro que me he leído en este último mes es 84 CHARING CROSS ROAD de HELENE HANFF. Muy recomendable. Me ha encantado el estilo directo, franco y natural de la escritora en sus cartas a Frank Doel, el librero inglés. Se respira literatura por los cuatro costados, se habla de libros con erudición pero sin petulancia. Y también se habla de la vida diaria, de la cesta de la compra, del trabajo mal pagado de la escritora que sólo le da para sobrevivir, etc. Es de esos libros indispensables que todo amante de la literatura se debería leer en su vida. Y si no te lo lees es que eres un amargado, soberbio y listillo que piensas que lo que tú escribes es mejor y más culto.

sábado, 12 de noviembre de 2011

MANDALAY

Mandalay (14-17 de agosto) Nos despedimos de Kentung con una visita mañanera a las pagodas de la ciudad antes de coger el vuelo que nos llevará hasta Mandalay. La amabilidad de esta gente queda reflejada en la conversación que tuvimos con una anciana en una de las pagodas. Aparte de explicarnos la vida de Buda con una paciencia infinita, no dudó en invitarnos a comer junto al resto de su comunidad. Declinamos amablemente la invitación con la excusa de que teníamos que coger un avión, ese avión que en menos de dos horas nos dejaría en Mandalay, una de las capitales antiguas de Birmania. Nos alojamos en el hotel Mandalay City, muy céntrico, muy moderno y el más cómodo hasta la fecha. Dejamos las maletas y en medio hora salimos para visitar el festival de la luna llena de los Nats. En este país además de profesar el budismo, en algunas partes son animistas y creen en los Nats, que son unos espíritus tan juguetones que les da por poseer a la gente cuando se les presenta la ocasión. Las personas bailan totalmente borrachas al sentirse poseídas y se monta una fiesta en donde la música atonal es la estridente protagonista que resuena por todos los rincones del festival. Para evitar robos y despistes del personal vamos por la feria detrás de Manu en fila india, algunas agarraditas de las manos y con el corazón en un puño, el resto empapados en sudor debido al calor asfixiante que se respira. Después de dar vueltas y más vueltas sorteando al respetable salimos sanos y salvos del festival Nats. Al día siguiente embarcamos hasta Mingún, otra de las antiguas capitales desiertas de Birmania que destaca por su pagoda de ladrillo. Las pretensiones del monarca de la época es que fuera la más alta del mundo pero un terremoto echó por tierra su proyecto. Desde su máxima altura se aprecian unas bonitas vistas del río Irawadi, de la pagoda Hsinbyume y de la campana de Mingún, la segunda más grande del mundo. Por la tarde visitamos otra pagoda, la segunda más importante de este país a nivel religioso, la llaman Mahamuni Paya, y aquí también revisten a su buda con láminas de pan de oro como forma de veneración. Al día siguiente visitamos más capitales antiguas de Birmania: Amarapura, Inwa (Ava) y Sagaing. En Amarapura está el famoso puente de teca de Ubein de más de un kilómetro de longitud y que ha resistido el paso de los años a pesar de las periódicas crecidas del río. Cruzo el puente de la mano de Teté, una niña de catorce años que habla bien el castellano y me figuro que otros idiomas, porque quiere estudiar turismo de mayor para conseguir un futuro más digno. Gracias a toda la información que me ha facilitado, Teté se ha ganado a pulso que le compre un collar, que al fin y al cabo, para eso estaba conmigo. En Ava nos montamos por parejas en carretas de bueyes porque parece que no hay otro medio mejor de locomoción para hacer las visitas obligadas. Sólo nos falta en este viaje montar a caballo. En Sagaing nos subimos hasta la colina del mismo nombre para contemplar al atardecer las vistas del Irawadi, y observamos desde su altura las cúpulas brillantes de las pagodas que resaltan en medio de toda la vegetación. Nuestro último día en Mandalay comienza con la visita a un taller de fabricación de pan de oro. Nunca había visto un trabajo tan duro, una labor tan de esclavos. A base de martillazos que les va rompiendo la espalda poco a poco, estos jóvenes dedicados a esta dura labor (no se puede trabajar muchos años en este oficio), transforman una onza de oro en láminas muy finas que luego son vendidas como lo que nosotros conocemos como pan de oro. No se golpea directamente sobre el oro, sino que se introducen intercaladas en un librillo de papel de estraza recubierto en cuero duero. Y así durante ocho horas al día, parando únicamente para comprobar que el trabajo se realiza correctamente. Además, en este trabajo se cobra a destajo un sueldo mínimo, que un día de esfuerzo equivale sólo al coste de una comida en un restaurante de turistas. Nuestro guía decide dejarnos la tarde libre porque intuye que ya estamos un poco hartos de ver pagodas. Ya veis, unos se cansan trabajando en talleres de mala muerte y nosotros nos cansamos de hacer turismo. ¡Ironías de la vida! En fin; aprovechamos la tarde yendo a la piscina del hotel en donde nos bañamos para reponernos del calor húmedo de este clima. Incluso, no nos importa en absoluto que nos caiga un chaparrón en pleno baño.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

KENTUNG (11 al 14 de agosto)

Iniciamos una etapa del viaje que nos lleva hasta la ciudad birmana de Kentung que está localizada en el famoso triángulo del oro. Esta parte del mundo destaca sobre todo por ser el territorio dominado por los señores de la droga, que campean a sus anchas entre las fronteras de Birmania, Tailandia y Laos. Nada más acercarnos en avión a esta región te das cuenta que en esta selva verde e inaccesible, sobre todo en la época de lluvias, es casi imposible hacerse con el control militar. Para acercarnos hasta ese territorio, previamente nos despedimos del lago Inle visitando la pagoda Shwe Yan Pyay, que es la actual portada de la guía birmana de Lonely Planet. Realmente es muy bonita, con su fachada de madera de teca y ventanas ovaladas que permiten observar a los monjes mientras rezan, o hacen que rezan, que más parece que posan para las fotografos que se apostan para intentar emular la reconocida imagen de la guía. Volamos desde el aeropuerto de Heho hasta Kentung en nuestro primer vuelo doméstico. Nos llama la atención la sencillez de los trámties a la hora de realizar estos viajes internos. Si hasta se puede llevar una botella de agua en la mano y los aduaneros no te la requisan. Ya en la sala de espera, casi recibimos al avión que esperamos en plena pista de aterrizaje, ese mismo avión que nos deja sordos en pleno vuelo por culpa del ruido de sus motores. Llegamos sin contratiempos a Kentung y nos instalamos en el hotel Paradise, en pleno centro de esta pequeña ciudad. Eso sí, llegamos ya de noche y con el tiempo justo para darnos una vuelta por sus calles más céntricas acompañados por Manu, nuestro guía. Nos levantamos temprano y nada más asomarnos a la ventana vemos que llueve copiosamente. Manu nos avisa que en estos días tenemos que realizar excursiones a pié por caminos embarrados para llegar a los poblados que vamos a visitar. Vamos, que el tiempo actual no acompaña, y que ya veremos lo que se puede hacer si tenemos que andar por sendas llenas de barro que más nos parecerán pistas de patinaje. Pese al mal tiempo salimos a la aventura. Personalmente tenía ganas de estirar las piernas y disfrutar de Birmania de otra manera. Nuestros pasos nos llevan hasta poblados de la etnia Ann, Athe, Palaug y Wa que parecen varados en el tiempo, y en donde las condiciones de vida son muy complicadas (chozas, suciedad, niños descalzos, hombres y mujeres con los dientes negros de masticar betel, etc). Para visitar estos poblados es necesario "pagar la entrada" mediante la distribución a modo de presente de galletas a los niños y champú para los mayores. En esta parte del país también nos toca viajar mucho en vehículos todo-terreno. Largos desplazamientos por caminos embarrados, bacheados e inundados en alguna ocasión por culpa de las abundantes precipitaciones de las que somos testigos estos días. Pero gracias a la lluvia apreciamos un espectacular paisaje, con enormes extensiones de arrozales de un verde intenso y montañas rodeadas por jirones de niebla tras el paso de las tormentas. El último día en esta parte del país nos lleva hasta un poblado de la etnia Loi. La tónica se repite: dos horas de traslado en coche hasta el inicio de la caminata, sendero embarrado con una humedad sofocante que hace penoso el andar, y por fin, llegamos hasta un poblado perdido en la montaña.Pero este poblado destaca sobre todos los demás vistos hasta ahora. Los loi viven en casas comunales en donde reside toda la familia por extensa que sea. Allí duermen, comen, juegan y trabajan, los padres, madres, hijos, tíos, primos y demás familia. Este pueblo también cuenta con un monasterio de una gran belleza, en donde comemos sentados en el suelo mientras niños monjes con sus vestidos de color azafrán juegan montados en sus bicis o fuman a la sombra de los muros. Sentimos que el color naranja se funde con el verde armonizando simbólicamente con el espíritu de este viaje por Birmania.