lunes, 14 de junio de 2010

LOS COMBATES COTIDIANOS



No soy un experto en comics y sólo de vez en cuando me da por comprar uno, sobre todo siguiendo los consejos de amigos o de reseñas que he leído en la prensa. Eso sí, en casa estamos enganchados a los comics del Corto Maltés y siempre que podemos nos hacemos con un nuevo ejemplar de la colección. Sí, he dicho bien, “siempre que podemos”, porque NORMA EDITORIAL tiene descatalogados varios de ellos con lo que resulta imposible hacerse con toda la colección. Pensábamos que sólo pasaba con la serie de Corto Maltés, pero también nos ha sucedido con otra colección interesante que hemos descubierto hace poco (ya sé que no descubro nada, y que incluso Manu Larcenet que es el dibujante de esta serie anda ahora dibujando otros proyectos más novedosos). Se trata de “Los combates coditianos”, que gracias a los premios internacionales que ha cosechado se ha hecho conocida para el público no especializado. Os aconsejo su lectura, su visión personal que nos muestra unos personajes cotidianos plenos de humanidad. ¡Nada de personajes planos y sin contenido que no sirven ni para hincar el diente! Aquí el guión se cocina a fuego lento y los dibujos se ofrecen emplatados de manera exquisita. Y esa elaboración nos proporciona sabrosas historias para amantes de la cocina casera. De todas formas, os informo que ahora es imposible hacerse en las librerías con los números dos y tres de la colección, pero para eso tenemos las bibliotecas públicas, para solucionar la falta de suministros de NORMA EDITORIAL.

jueves, 10 de junio de 2010

LA MUERTE ES FEA



María se levanta de su cama en mitad de la noche. Abre la puerta del dormitorio y avanza descalza hasta llegar a la cocina. Con un gesto que parece medir la distancia, coge un vaso y se sirve agua del grifo. Una vez apurado, lo deja en la encimera, se encamina de nuevo hacia el dormitorio, y se mete en la cama tapándose con el embozo de la sábana.
Al día siguiente María se despierta bastante cansada. A pesar de que ha dormido hasta bien avanzada la mañana, presiente que algo anormal ha alterado su sueño. Se dirige hacia la cocina con el ánimo de desayunar y recobrar fuerzas. Nada más entrar, se da cuenta de la existencia del vaso vacío en la encimera. “Otra noche que he andado sonámbula por la casa. No me extraña que tenga el cuerpo molido”.
Esa misma tarde María se reúne en el salón de su casa con dos de sus amigas más íntimas, Teresa y Yolanda. El aparato de televisión permanece encendido, pero sin voz. En esos momentos la programación de la cadena está emitiendo el telediario, que ilumina de forma intermitente con sus destellos los rostros de las amigas en animada conversación. De vez en cuando la mirada distraída de alguna de ellas, sin aparente interés por las noticias que se emiten, vuela hacia el aparato de televisión. No obstante, la tensión de la charla entre las amigas parece que no decrece:
- María, deberías cuidar un poco más tu alimentación. Ya sabes amiga mía, que tu corazón es tan débil como el de un gorrión -le aconsejó Teresa con autoridad.
- Creo que no hará falta que te recordemos el susto que nos diste hace un par de semanas. ¡Perdiste el conocimiento cuando estabas sola! Si por lo menos hubiera estado contigo tu hermano Juanito... Pero él nunca está en donde se le necesita -puntualizó su amiga con gesto de fastidio.
- Por favor, si no puedo llevar una vida más tranquila y ordenada desde que me detectaron la dolencia en el corazón. Desde que tuve que ir al médico me han hecho multitud de pruebas y sigo con los controles periódicos. Y en cuanto a mis hábitos diarios no creo que haya ninguna queja: hago tres comidas diarias; ni bebo, ni fumo y tampoco discuto con nadie porque vivo sola. Y, por cierto Yolanda, no creo que mi hermano tenga que sacrificar su vida por estar cuidándome en mi casa. ¡Ya es bastante mayorcito como para tenerlo constantemente debajo de mis faldas!
- ¡Ese es el problema! ¡No tienes porqué vivir sola todo el santo día! Con la pensión de invalidez que cobras te llegaría para pagar a una persona. Te ayudaría en casa y te haría compañía durante unas cuantas horas.
- ¡Yolanda, por favor! ¡No me tratéis como a una niña! Os agradezco vuestro interés por mi salud, pero no necesito tener a una persona para que me vigile día y noche, que es al fin y al cabo lo que vosotras queréis. ¡Tranquilas amigas, no tengo pensado morirme todavía!
En ese instante, el telediario emitía las imágenes horrendas de una matanza perpetrada en un país Centroafricano. Las tres se quedaron mudas en un primer momento, luego Teresa subió la voz del aparato para escuchar con detenimiento la información.
- ¡Teresa, por favor, apaga la televisión que no puedo aguantarlo! -exclamó Yolanda tapándose la cara con las manos.
- ¡Es horrible lo que pasa en el mundo! -afirmó con tristeza María-. ¿Y nadie es capaz de solucionar este genocidio? ¡No lo entiendo, ni lo entenderé nunca!
- Son guerras religiosas en donde la razón juega un papel poco importante. Y si a esa circunstancia unimos los intereses económicos en juego, tenemos como resultado esta matanza de seres humanos –afirmó con rotundidad Teresa.
- ¡Teresa, qué fría eres algunas veces! –saltó de manera espontánea María- ¡Acabas de reducir todo a números e intereses económicos, como si las vidas de los seres humanos no tuvieran valor alguno!
- Sólo sé que a lo largo de la historia la gente se ha matado en multitud de guerras. Aunque a vosotras os parezca horrible ocurre a diario en el mundo. Además, pienso que no se arregla nada analizando esas tragedias, y por eso, no creo que nadie me pueda acusar de ser una mujer insensible y falta de sentimientos; vamos, que no me considero un auténtico bloque de hielo –concluyó Teresa, esta vez con un tono irónico que intentaba romper la tensión generada. Esta última ocurrencia provocó una sonrisa en sus contertulias.
Sus amigas se despidieron a una hora prudencial. Notaban que María se encontraba un tanto cansada y no querían fatigarla más. Una vez que se marcharon sus amigas, María cenó frugalmente y se fue temprano a descansar a la cama. Hecha un ovillo entre sábanas limpias, no tardó mucho tiempo en conciliar el sueño.
“¡Diga! ¿Quién es?” -María, miró atolondrada hacia el despertador. “¡Si son las tres de la madrugada! ¿Quién habrá llamado por teléfono a estas horas? ¡Joder qué mierda, estaba profundamente dormida!”. María se levantó de la cama malhumorada, se calentó un vaso de leche en la cocina y se lo bebió a pequeños sorbos para relajarse. Medio dormida como estaba, no dio más importancia al incidente nocturno.
La oscuridad envolvía el dormitorio de María. Su cuerpo, frágil y liviano, apenas se marcaba bajo el peso de la manta. La noche transcurría de forma plácida y sólo se oía el casi imperceptible tic-tac del reloj despertador.
¡Diga, diga, diga! ¿Quién te crees que eres? ¿Por qué no me contestas, cabrón? ¡Estoy harta de que me llames todas las noches a la misma hora! ¡La próxima vez llamaré a la policía, gamberro!”. Tras este susto, María se vio obligada a tomar un vaso de leche acompañado de un tranquilizante. “¡Esto no hay quién lo aguante! ¡Parece un mal sueño!”. María se encontraba abrumada por los acontecimientos. Lloraba de rabia e impotencia. Ella misma, se sorprendió hablando sola, mientras se enjugaba las lágrimas que resbalaban por su cara. “¡Ya no sé qué pensar; creo que me estoy volviendo loca! ¡Dios mío, sólo se que me he despertado gritando con el teléfono en la mano!”. María, arrastrando su tristeza, volvió a la cama e intentó conciliar el sueño.
Después de varias semanas sufriendo esta pesadilla, María no pudo aguantar más y se lo contó todo a Teresa. Su amiga escuchó atentamente el asombroso relato de los hechos, percibiendo rápidamente la necesidad de ofrecerle la seguridad de su compañía todas las noches que fuera necesario. “Si se trata sólo de un bromista, que se prepare para oír todo lo que pienso soltarle por teléfono. Ya sabes que no me tiembla la voz cuando tengo que decir lo que pienso. Ese cabrón se va a enterar si decide molestarte otra vez”.
Pasaron varias noches sin sobresaltos. Teresa vigilaba el sueño de su amiga y María se sentía protegida con su presencia. Todo parecía haber vuelto a la normalidad. Y gracias a que María estaba más calmada, fijaron de mutuo acuerdo que esa noche sería la última que Teresa durmiese en su casa. Las amigas se fueron relajadas a la cama, que habían decidido compartir desde que comenzaran las llamadas anónimas.
Teresa estaba desvelada esa última noche. Su mirada se dirigía a su amiga, que hecha un ovillo, buscaba el calor de su cuerpo. Pasaban las horas y Teresa seguía sin poder conciliar el sueño. De repente, sintió un leve estremecimiento que nacía en el otro extremo de la cama. Entonces, fue testigo de como repentinamente María se levantaba de la cama para salir del dormitorio. Teresa se levantó también y decidió seguirla a corta distancia. Contempló todos los pasos que su amiga dio de un lado para otro de la casa, manteniéndose al margen, hasta que por fin María retornó a la cama como si no hubiera sucedido nada. Teresa, aunque ya sabía que su amiga era sonámbula, nunca había sido testigo directo de los acontecimientos. Por eso, a pesar de su sorpresa, ella sólo se había preocupado de que no sufriese ningún accidente en todo su recorrido.
Al domingo siguiente, volvieron a reunirse las amigas en casa de María. La conversación giró, cómo no, sobre los últimos sucesos:
- ¡María, vaya situación que has tenido que sufrir! –exclamó indignada Yolanda-. Si hubiera sido yo, habría llamado a la policía al momento. ¡Nunca se sabe con esos gamberros! A lo mejor, es un violador en serie que estaba esperando la ocasión para atacarte...
- ¡Yolanda, por favor, no le metas miedo a María! –cortó tajante Teresa-. No ha pasado nada y creo que estamos haciendo un desierto de un grano de arena. ¡No exageremos! Lo único cierto es que ya se ha aburrido de molestar a María con sus llamaditas.
- Tiene razón Teresa -corroboró María-. Creo que hay que tomárselo como una broma pesada de algún gracioso. Eso es todo. Además, a mí me daría mucha vergüenza tener que avisar a la policía sólo por una gamberrada.
- No pretendo dramatizar más el asunto -prosiguió Teresa-, pero tengo una duda que comentaros. El último día que pasé en tu casa anduviste sonámbula en mitad de la noche, y por supuesto, no eras consciente de lo que hacías. En un momento determinado, giraste sobre tus pasos para ir en dirección al teléfono que tienes en el dormitorio. Y cuando llegaste hasta la mesita hiciste un gesto como de coger el auricular, pero te despistaste sin motivo aparente, y con un andar mecánico fuiste hacia la cocina para servirte un vaso de agua. Y mi pregunta es: ¿como consecuencia de tus paseos sonámbulos por toda la casa, no acabarás alguna vez descolgando el auricular porque crees que alguien te llama por teléfono? -Hubo un silencio embarazoso que volvió a romper Teresa-. Y no creo que sea tan descabellado lo que digo –se defendió Teresa ante la cara de incredulidad de Yolanda, a quién todo este asunto le parecía una exageración-. Ella ha sido testigo de que nadie nos ha molestado en toda esta semana. Además, no quiero echar más leña al fuego, pero en varias de esas noches, María ha dormido muy alborotada, incluso hablaba en voz alta sobre extrañas persecuciones...
- Pero Teresa, ¿cómo puedes insinuar que María se lo ha inventado todo? –Intercedió Yolanda-. ¡Qué poco tacto tienes!
- ¡Por favor, no discutáis! Os doy las gracias a las dos por vuestro cariño, pero... –María cogió aire como el que se agarra a un último asidero para no hundirse-. ¡No sé lo que me está sucediendo últimamente! Al principio, era de la opinión de Yolanda y creía que algún gracioso me estaba jugando una mala pasada, pero de un tiempo a esta parte comienzo a dudar de lo que hago o no hago de verdad. Sí; la versión de Teresa no es tan descabellada como parece. Desde hace poco tiempo esa misma pregunta ronda constantemente por mi cabeza. Por eso, queridas amigas, prefiero no darle más vueltas a este asunto.
Teresa y Yolanda se despidieron de María casi de madrugada. Ella estaba muy preocupada por el tema de las llamadas telefónicas. En el fondo, se sentía molesta por haber implicado tanto a sus amigas con este asunto. No obstante, a eso de las dos de la madrugada consiguió dormirse.
“¡Sí; dígame!¡Dígame! ¿Quién es? ¿Quién es? ¡No; no es posible, otra vez lo mismo! –María estaba desesperada, lloraba histérica presa del nerviosismo-. ¿Será que me lo estoy inventando todo? ¡Dios mío! ¿Por qué me pasará esto a mí; por qué soy una sonámbula? ¡Creo que me estoy volviendo loca!”. María seguía llorando desconsoladamente. Arrodillada junto a la mesilla de noche componía una figura lastimosa, al borde de la desesperación.
A la mañana siguiente María estaba deshecha porque había dormido muy poco esa noche. Las ojeras eran evidentes en su rostro, que como espejo del alma, reflejaba la tensión vivida últimamente. Y sentía que su salud se encontraba bastante más resentida de lo habitual. “Menos mal que mis amigas no me pueden ver ahora. Ellas se preocupan tanto por mi salud que hasta resultan un tanto pesadas cuando me sermonean con sus recomendaciones. ¡Ay, Dios mío! -suspiró María-. Noto el corazón muy alterado, como si quisiera salirse por la boca”. -María intentaba sacar fuerzas bromeando consigo misma.
Un día más, María se encontraba desvelada. Su cabeza daba vueltas y más vueltas a todas las cosas que le habían sucedido de un tiempo a esta parte. Intentaba racionalizar el problema, buscarle una explicación convincente que derrumbase todos esos castillos en el aire que su mente se había forjado últimamente. Estaba claro que ella no quería empezar a dudar sobre aquello que constituía su principal virtud: su fuerza de voluntad; escudo protector contra el que se chocaban todos los problemas.
Pasaban las horas sin novedad, hasta que de pronto sonó el teléfono. Esta vez no había duda, era consciente de estar despierta. Esta evidencia le hizo sentir más miedo todavía. María no se movió de la cama, permaneció paralizada y sin fuerzas. Dejó que el teléfono siguiera sonando hasta que se cortó la llamada. Pero otra vez volvió a sonar el timbre, estremeciendo toda la casa con su sonido estridente. María no sabía qué hacer. De repente, creyó oír un ruido en el pasillo. Sí; alguien andaba sigilosamente por su casa. María se levantó nerviosa de la cama. Dudando, fue hacia la puerta del dormitorio. No podía calmar su respiración incontrolada. Al abrirla, de golpe se encontró con una figura que se abalanzaba sobre ella amenazándola con un cuchillo de grandes dimensiones. Sólo tuvo tiempo de emitir un grito entrecortado antes de que su débil corazón dejara de latir para siempre.
El susto fue mortal. El cuerpo sin vida de María se desmoronó en el suelo de la habitación, hecho un pelele. Sus ojos abiertos aún parecían contar con vida y se dirigían estupefactos a una figura de mujer, con un cuchillo y un teléfono móvil en sus manos. La mujer, era su amiga Teresa, que miraba con inusitada curiosidad a su víctima. Sus fríos ojos observaban la expresión muerta de la cara de María como si quisieran analizar cada detalle de su rostro; como si quisieran atrapar ese momento en el que la energía vital se pierde para convertirse en simple materia yacente. El paso de la vida a la muerte parecía atraer su interés por encima de todas las cosas. Los labios de Teresa se movieron casi imperceptiblemente, como si buscaran las palabras justas para definir lo que estaba observando con tanto interés, hasta que de su boca surgió una extraña frase que hirió el silencio de la estancia: “María, la muerte es fea”.

viernes, 28 de mayo de 2010

HOY ES DÍA DE MERCADO

¿Por qué he cambiado el título de mi blog? La razón es bien sencilla. Desde hace una semana he recibido varios anónimos de una persona que se sentía ofendida porque había utilizado su foto del muro en donde estaba escrito "hombre gris". A mí en su día me gustó mucho y la consideré muy apropiada para encabezar mi blog, que también se titulaba "un hombre gris". Como no quería entrar en polémicas, ni ponerme a la altura de sus insultos, decidí cambiar radicalmente la imagen de mi blog. Creo sinceramente que he ganado con el cambio. Saludos a todos los que se acercan a este blog.

jueves, 13 de mayo de 2010

JUANITO KUESKO



Me asomo a la ventana y veo una mañana triste nacida de la fina y constante lluvia. Es temprano, muy temprano. Observo un lujoso coche salir de repente del garaje y estacionarse en medio de la acera, interrumpiendo el paso normal a los viandantes. En ese mismo instante, un peatón ciego avanza con cautela pegado al edificio. Al toparse de frente con el vehículo, lo rodea, rozando suavemente el coche con su bastón, hasta llegar de nuevo a la pared del edificio que le sirve de guía en su desplazamiento. Observo que el orondo propietario del coche no se inmuta cuando lo ve pasar delante de él, ni muestra señales de pretender rectificar la maniobra que acaba de realizar. El ciego no puede ver la sonrisa prepotente que el conductor esgrime en sus labios, pero a mí me causa bastante cabreo ser testigo de tanto egoísmo. Después de este gesto tan feo, el coche arranca envuelto en una nube de humo, fundiéndose con el gris de la mañana.
Me asomo a la ventana para sentir la realidad, pero el antojadizo pasado me envuelve con sus artes. El recuerdo me despierta en la cama de una pensión barata; mi cuerpo desnudo se encuentra acostado junto a una persona que está dormida, dándome la espalda. He poseído ese bello cuerpo de forma alocada, hasta el límite de la resistencia. Casi no la conozco, pero hemos follado de manera salvaje, como a mí me gusta, como si fuéramos animales en celo. Todavía me excito pensando en cómo se movía ella encima de mis caderas; en cómo se le subían y se le bajaban las tetas con cada nuevo embate. Y la cara que ponía cuando me corría... Ella quería más ; y en seguida me excitaba con suaves, expertas caricias, y ya estábamos follando otra vez ; ella me abría sus piernas tumbada de espaldas, ofreciéndome su sexo, y yo entraba en su cuerpo, y salía, y entraba, y salía, y como siempre, nunca me quedaba. Nos despedíamos a la mañana, temprano, muy temprano. Nos alejábamos de la pensión despidiéndonos con un último beso, frío como un invierno, cada uno por caminos separados, por calles casi vacías, con charcos aquí y allá. Yo soy Juanito Kuesko y ella, la que me daba la espalda en la cama, es Maite, es Edurne, es Ainhoa, es Estitxu, es Clara, es Zuriñe, es Lucía, es Inés, es Almudena, es..., es mil veces es.

Asomado al marco de la ventana, me escondo tras el vaho de los cristales. Veo a la gente correr bajo paraguas de colores buscando guarecerse del viento malicioso y juguetón, que levanta faldas sin pudor, seguidas de flexiones complacientes de cabeza. Los coches parecer jugar con sus limpia-parabrisas: ahora lento, ahora rápido, ahora más rápido, que pasa un camión y arrecia la lluvia.
Mis recuerdos continúan al amanecer, cuando finalmente llego a casa de mis padres. He bebido poco, pero estoy embriagado de placer y con el sueño cojo y dando tumbos. Me acuesto al momento, pero me despierto sobresaltado, pensando que duermo acompañado de nuevo por otra mujer. Miro al lado frío de mi cama, y por supuesto, nada encuentro. Vuelvo a dormirme de puro agotamiento, y sueño que soy otro, más robusto y musculoso, y con una fuerza de voluntad envidiable. Él no se hace doblegar por vaguedades. Es una persona de porte desafiante, victorioso caballero andante en mil batallas, pero..., con un punto débil que su coraza no puede defender: sus ojos revelan una naturaleza contradictoria, una humanidad que refleja miedos y tempestades. ¡Nadie es perfecto! Sobresaltado, cambio de postura para impulsarme hacia el otro extremo de la cama. Ahora sueño que soy una espiga más en medio de un inmenso campo sin propiedad. El viento me zarandea de un lado a otro, a causa de mi flexibilidad. No soy dueño de mis movimientos, pero mi cintura no se quiebra aunque me azote con sus bufidos. Me estremezco de nuevo, y me despierto malhumorado por esas imágenes preñadas de luz que dibujamos en nuestros sueños alborotados. Me levanto y desayuno. Miro a mis padres de soslayo y ellos me observan de hito en hito, sin querer saber. Leo sus pensamientos y ellos fingen no comprender.
Ha dejado de llover. Tengo ganas de salir a la calle y de que me dé el aire; anhelo actividad. Piso a propósito los charcos sin importarme la humedad. No llevo rumbo fijo y me encanta improvisar. Tuerzo una esquina, cruzo un parque, me cobijo en la multitud cargada de bolsas por Navidad. Entro en unos grandes almacenes y paso la mirada por las vitrinas y expositores llenas de productos para regalar. Cuento con algo de dinero, porque este mes he empezado a trabajar. Los estudios se me hicieron eternos; no me interesaba el teatro de la escuela, aunque mis profesores me clasificaban entre los que contaban con posibilidades. Cuando lo dejé, defraudé a mis educadores y alegré a mis progenitores. En mi casa se necesitaba más un sueldo mensual que un título universitario con el que impresionar a las vecinas. Eso a mi entender, se llama cultura de barrio obrero.
Me acerco a la sección de música. Jugueteo con las cajas clasificadas por estilos. Me sorprendo a mí mismo cuando en un arrebato comienzo a descolocarlas. Mezclo el JAZZ con el POP, y me sale un CLÁSICO ÉTNICO, con sabor HEAVY. De repente me quedo paralizado. Un CD de AC/DC me está mirando, me dice “róbame”. Me aseguro, ladeando la cabeza de un lado a otro. Todo está abarrotado de gente y los de seguridad están atentos a mil caras y a ninguna. Me meto el CD en el bolsillo de la cazadora. Nadie me ha visto. Sé que cuando llegue a la puerta de salida, la alarma sonará y no me quedará más remedio que correr. Localizo de nuevo al tipo de seguridad más cercano y paso delante de su jeta con sonrisa burlona. Valoro sus posibilidades contra mí y noto que me atrae el reto. Me decido y paso rápido por la alarma que no deja de sonar en mis oídos a pesar de que me alejo con rapidez. No miro hacia atrás, sólo oigo un tumulto de voces que se dirigen hacia mí. El aire frío me sorprende en plena cara a la salida de los grandes almacenes y me incita a correr cada vez más rápido. La lluvia me recibe con su frescura y noto su presencia en todo mi cuerpo. Por fin, paro mi carrera. Cojo aliento, mirando con cautela directamente a las caras despreocupadas que en ese instante me rodean. Me refugio entre la multitud sin rostro mientras una amplia sonrisa se abre paso en mi semblante.

UN DÍA CUALQUIERA



Un día cualquiera salí descalzo por la puerta de mi casa. Era un día que no tenía nada de especial, aunque había nacido ciertamente caluroso; incluso sofocante. Pero no era ése el motivo de mi “extravagancia”, por llamarla del modo más convencional. Tampoco es que quisiera llamar la atención por una causa noble, como el intentar solidarizarme con el tercer mundo, por ejemplo. No; no pasaban esas ideas por mi cabeza cuando pisé descalzo la acera de mi calle. Ahora que lo pienso y, sin ánimo de analizarme, que para eso están los sicólogos, mi mente se encontraba en un estado que se podría definir de extremo vacío. Sí; es que sencilla y llanamente, no quería pensar en nada. Andaba por calles concurridas en donde la gente me observaba con curiosidad. Yo también los observaba, a la vez que sonreía, porque estaba contento por andar sin ataduras. Y no es que quisiera servir de ejemplo para nadie. Lo único que tenía claro en esos instantes de placer es que yo era yo, y los demás no me importaban. Tampoco tenía ningún sentimiento de superioridad sobre esa gente que me miraba atónita y con gesto de incredulidad. Era más bien un sentimiento de fuerza interior, convencimiento casi visionario de una persona que ha visto su propia muerte y resurrección en una nueva vida y que nada tiene que ver con la pasada recientemente; un renacer lleno de ilusión, porque la vida es un juego de niños; un pasatiempo pleno de disfrute. Y no sé por que razón, me sentía afortunado por contar con una segunda oportunidad. Y por eso daba con mi actitud gracias a todo lo que me rodeaba. Mi visión de las cosas y personas había cambiado, se me mostraban desde un punto de vista hasta ahora no imaginado para mí. Si eso es la felicidad, yo era un hombre feliz. Ahora que ha pasado más tiempo, lo puedo afirmar.

No obstante, no estaba el horno para bollos cuando llegué de esta guisa a la oficina en donde trabajo. El resto de mis compañeros andaban alborotados por causa de uno de los múltiples cabreos del jefe. Al parecer, no era el mejor día para andar descalzo por la oficina; y encima llegaba tarde a la hora de fichar. El semblante de asombro con que fui recibido demostraba muy a las claras la incredulidad de mis colegas ante la visión que tenían enfrente, y que contrastaba con la idea que tenían de mi persona, fruto de años de trabajo en común. De todas formas, les sonreí a todos dándoles los buenos días, me dirigí hacia mi mesa de trabajo, y me senté cómodamente esperando la anunciada llegada de mi jefe.

Como era previsible, éste hizo su aparición al poco tiempo. Entró dando gritos acompañados de gestos airados que provocaron el enmudecimiento del resto de mis compañeros. Con mi mejor sonrisa le di los buenos días; y su contestación, que se presumía agresiva, se vio turbada de tal forma por lo inesperado de mi conducta, que no pudo sino balbucir unos buenos días con tono quedo. Conseguí amansar a la fiera en un primer momento, pero suponía que mi jefe intentaría contraatacar para no perder el prestigio delante de todos sus subalternos. La segunda oleada de ataque vino precedida de un puñetazo de mi jefe descargado sobre mi mesa de trabajo. Sin perder la compostura le miré extrañado, intentando hacerle ver lo inadecuado de su comportamiento. “Nada excusa que una persona pierda los papeles y veje a otro ser humano, solamente porque se crea superior”, le espeté mirándole fijamente a sus ojos. Confundido, y viéndose acorralado por mi franqueza, se dio media vuelta en dirección a su despacho.

Después de batirme en este duelo verbal con mi jefe, recogí las pocas cosas personales que guardaba en los cajones de mi mesa y las fui amontonando en una bolsa de plástico que guardaba en el bolsillo del pantalón. Un compañero de oficina que me miraba con la boca abierta fruto de su incredulidad, me preguntó si es que me había tocado la lotería, o algo parecido, para no tener que trabajar nunca más en la vida. “No amigo; mis motivos son otros y no se explican en pocas palabras. Si te dijera que a partir de ahora voy a vivir de nuevo mi vida, seguro que no lo comprenderías”, le contesté a mi compañero de trabajo, intentando hacerme entender.

Salí de mi departamento con la bolsa de plástico en una mano y una carta de dimisión en la otra. Entré en el despacho de mi jefe sin llamar previamente a la puerta, y coloqué frente a él la carta liberadora que rompía mis lazos con una parte muy importante de mi anterior vida. “Sé que no lo comprenderá, pero solamente es por motivos legales por lo que le dejo esta carta de dimisión. Se la entrego en mano antes de que usted me despida valiéndose de cualquier argucia legal, porque ya sé que la ley siempre está del lado del poder; pero ahora eso no me preocupa; a partir de ahora sólo me preocupa mi nueva vida”, fue mi despedida ante un sofocado jefe que no asimilaba todo lo que le estaba ocurriendo en esos momentos.

Salí de nuevo a la calle y me dispuse a pasear sin rumbo fijo por las calles y avenidas de la ciudad en la que resido. Si algo me guiaba, era mi ansia por descubrir la belleza de las cosas que me rodeaban. Allí donde anteriormente no veía más que un objeto común y carente de importancia, ahora percibía un detalle de interés que me llenaba de alegría. Simplemente con que la luz del sol iluminara de manera parcial una flor del parque, resaltando su belleza, ya me sentía satisfecho por el giro tan brusco que había supuesto mi determinación de cambiar de vida. “Pero no sólo debe ser un giro en mi visión de las cosas”, me decía a mí mismo, “al contrario; esto no serviría de nada si no fuera acompañado de una asimilación interior que me haga comprender el mundo de un modo diferente”. A partir de este sencillo pensamiento, los sentidos contaban con un papel muy importante en mi nueva etapa, en donde ansiaba llenar de plenitud a mi alma, hambrienta por recibir impresiones que dejaran huella en su mapa. Me sentía como el montañero que atisba desde la cima el resto del paisaje que se extiende a sus pies y valora en toda su magnitud el esfuerzo realizado por sentirse parte de un todo, que es la naturaleza que lo desborda con toda su magnificencia. Cual colector de impresiones, mi ansia en esos momentos era andar y andar por las calles en busca de tesoros para mis sentidos, y me paseaba descalzo, como si fuera una obligación sentir en mis pies todo el contacto, agradable o no, que pudiera soportar.

Paseaba ensimismado cuando me encontré de repente con un pobre que permanecía sentado a la entrada de un supermercado. Miré su mano extendida con unas pocas monedas de escaso valor como fruto de su jornada de trabajo y, sin pensármelo mucho, le ofrecí todo el dinero que llevaba en esos momentos en mis bolsillos. El hombre, que hasta ese instante no se había dado cuenta de mi presencia, me estudió sorprendido con una mirada de abajo hacia arriba. “¿Pero usted por qué me da dinero si anda descalzo por la vida?”, me preguntó con seriedad el mendigo. “¡Ande, ande! Coja su dinero y cómprese unos buenos zapatos, que no está el tiempo para jugar con él; salvo que quiera coger un resfriado que lo lleve al otro mundo”. “No se preocupe señor”, le contesté agradecido por su gesto. “No necesito ninguna clase de calzado para el viaje que debo hacer. He vivido tanto tiempo protegido por todo aquello que creía importante, que siento de verdad que lo que necesito es vivir a partir de ahora con las menos ataduras posibles”. “Usted verá lo que hace, pero a mí me da pena verlo de esa forma, y no me sentiría a gusto aceptando su dinero”. Avergonzado por ese gesto lógico del mendigo, me despedí humildemente de él con mi dinero tintineando de nuevo en el bolsillo.

Recién bajado de las nubes, proseguí mi deambular por las calles sintiendo de nuevo la mirada de curiosidad de los transeúntes clavada en mi espalda. Andaba y andaba, cuando un coche de la policía se detuvo a mi lado. Con gestos airados, que me provocaron asombro, me conminaron a que les mostrara mi documentación. Como comprenderán, si había decidido ir descalzo por la vida, no iba a llevar encima mi documento nacional de identidad. No fue fácil hacérselo comprender a los agentes; tan difícil les resultó el problema al que se enfrentaban, que me vi empujado hacia el interior del vehículo policial sin ningún miramiento. No hubo más explicaciones durante el trayecto que nos condujo a la comisaría. Allí fui recibido con todos los honores por otro policía de más alta graduación, según intuí perspicazmente al ver cómo se cuadraban marcialmente mis anteriores acompañantes. Se me presentó este hombre como el teniente López. Al principio, sus modales correspondieron a su categoría profesional, pero a medida que mi declaración fue confundiéndole y creando más lagunas a su ingenio, optó por agriarse su estado de ánimo hasta llegar al insulto personal. “Yo no estoy loco, teniente López”, fue mi respuesta ante sus ofensas dialécticas. “Pues si usted no está loco, poco le hace falta. No tengo más remedio que llamar a su mujer, como única persona de la que usted me da referencias, para que me dé razón de usted y su comportamiento. Como comprenderá, después de su declaración no me queda más remedio si no quiere que lo encierre una temporadita”. La idea de que fuera informada mi mujer de mi actual situación, no me agradaba de ninguna manera. Cuando salí de casa esta mañana, mi esposa todavía seguía dormida en la cama e ignoraba mi novedosa determinación. Lo que pensaría cuando me viera en esta circunstancia tan adversa a mis planteamientos iniciales, hasta yo lo ignoraba.

Al poco rato de ser informada por la policía, mi esposa entró por la puerta de la celda, a la que de manera cautelar me habían confinado hasta que no demostrase ella mi correcta salud mental. El disgusto por verme en esta delicada situación se hacía evidente en su rostro. Los pormenores del caso, al parecer, se los habían comentado por teléfono, ya que no fue necesaria ninguna explicación por mi parte. Sin más preámbulos, mi esposa tuvo una breve conversación con el teniente López, que tuvo un éxito inesperado, desde mi punto de vista, y sirvió para recobrar mi ansiada libertad. Al momento, mi diligente esposa apareció con un par de zapatos viejos como por arte de magia, que me fueron entregados con esta consideración: “Por favor, Juanito; he hablado con el teniente y sólo ha puesto esta condición para soltarte; póntelos y espero que te valgan, porque son los zapatos de repuesto del propio teniente López”. Ante la mirada de súplica de mi esposa, me resigné a calzarme los desgastados zapatos del mando de la policía. Calzado y cabizbajo fui despedido de la comisaría, siendo testigo de la cara de mofa de todos los miembros del Cuerpo Nacional de Policía que trabajaban en esos momentos. Mi mujer mantenía su mirada al frente, con gesto huraño, sin ni siquiera mirarme a la cara. Cuando doblamos la esquina de la comisaría, mi mujer miró a uno y otro lado, como para cerciorarse de que nadie nos seguía, y me habló por segunda vez: “Ahora ya te puedes quitar los zapatos y seguir andando descalzo, si es lo que tú deseas”. Con gran alegría en mi cuerpo, nos alejamos rápidamente de ese siniestro lugar. Íbamos cariñosamente unidos de la mano; ella calzada y yo descalzo.

miércoles, 12 de mayo de 2010

DUBLÍN


A pesar de que nuestro vuelo estuvo amenazado por la nube de cenizas volcánicas pudimos ir y volver de Dublín sin contratiempos. Como ya sabíamos de antemano, esta ciudad Irlandesa no destaca por su monumentalidad. El atractivo radica en el ambiente de sus pubs, repletos de gente bebiendo cerveza y escuchando música en directo. Por eso, Dublín es un destino ideal para un fin de semana. Si en tan pocos días eres capaz de poder cantar canciones en inglés mezclado entre el resto de la gente y sobrevivir a una resaca de cerveza negra, es que has conseguido integrarte en el ambiente de los pubs dublineses. Nosotros lo intentamos poniendo en práctica el refrán que dice “donde fueres haz lo que vieres”. A continuación os dejo un video para que vosotros también podáis sentir el ambiente de Dublín.


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miércoles, 5 de mayo de 2010

DUBLINESCA



Si las cenizas del volcán Islandés lo permiten, este fin de semana Elena y yo viajaremos a Dublín. Se trata de una pequeña escapada para poder conocer esta ciudad tan relacionada con el mundo de la literatura gracias a sus famosos escritores nacidos allí. En pocas horas recorreremos sus calles, beberemos cerveza en sus pubs y visitaremos algún museo o catedral. Bueno, dependerá de cómo nos distribuyamos el poco tiempo con el que contamos. Esta parrafada me sirve de introducción para comentar que el último libro que me he leído ha sido Dublinesca, de Enrique Vila-Matas. En este libro se habla mucho sobre Dublín, y también mucho sobre James Joyce y Samuel Beckett. Nunca me ha decepcionado Vila-Matas, porque leyendo sus libros uno respira literatura por los cuatro costados. El escritor sabe transmitir su amor por la literatura en cada una de sus páginas, y esa peculiaridad le hace ser diferente a la mayoría de los escritores. En este libro se describen varios momentos de transición que afectan tanto al protagonista del libro, un editor catalán recientemente retirado de sus negocios, como a lo que Vila-Matas denomina “un cambio de época”, en el que se advierte la primacía de la era digital frente a la era Gutemberg. Y como todo cambio, provoca desconcierto e incertidumbre, como la del propio editor, un hikikomori que canaliza toda su energía en su nueva adicción a internet, y de paso, intenta aparcar su aburrimiento con este nuevo entretenimiento y fuente de información. El lector de Dublinesca también se siente como un hikikomori cualquiera, porque siempre pasa con Vila-Matas que las continuas referencias que aparecen en sus libros te obligan a traspasar los límites del papel. Si hay libros en los que es necesario contar con una enciclopedia de apoyo o estar en red para ampliar la información de lo que estamos leyendo, Dublinesca es uno de de ellos.