Mostrando entradas con la etiqueta namibia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta namibia. Mostrar todas las entradas

jueves, 21 de marzo de 2013

CATARATAS VICTORIA



Fue hace más de seis meses cuando finalizó nuestro viaje por Namibia, Botswana y Zimbabwe. El mejor viaje del que he tomado parte, por lo menos hasta ahora. Como colofón a tantos días inolvidables los dos últimos días por tierras africanas los pasamos en Cataratas Victoria, en concreto, alojados en el mítico hotel Cataratas Victoria con su característico estilo victoriano. Choca mucho encontrarse todo este ambiente de lujo en mitad del continente africano, sobre todo si hablamos de países en donde la pobreza es un mal endémico. Todo este despropósito es fruto del colonialismo, que creaba este tipo de "islas de confort" como si fueran un espejismo en medio de un continente explotado en todos los sentidos. Ahora, nosotros aprovechamos ese lujo para instalarnos cómodamente en el hotel en donde somos atendidos como grandes señores por el servicial personal del hotel. A la tarde decidimos hacer la visita a las míticas Cataratas Victoria, tan cercanas al hotel que incluso se puede ir dando un pequeño paseo. "El humo que truena", traducción al castellano del topónimo nativo, enseguida hace honor a su nombre, ya que a cierta distancia se intuye una columna de humo ocasionada por el estruendo que produce el agua al caer desde tan elevada altura. Y la visión de cerca no desmerece en nada. El parque cuenta con varios miradores numerados en donde disfrutar de la contemplación de las cataratas. Los más bonitos son aquellos en los que el agua despedida de la catarata salpica de tal manera que es imposible no mojarse. Esa sensación de cercanía es impresionante. También destacan por encima de otros los tramos en donde te puedes asomar al vacío desde el mismo borde del precipicio para poder contemplar la caída de casi 100 metros que tiene la cascada en esos puntos.

Al día siguiente, madrugamos para hacer el famoso rafting de Cataratas Victoria por el río Zambeze. Es un rafting con varios tramos de grado cinco y uno de grado seis, y nos han advertido que este año resulta más peligroso por el menor caudal del río. A orillas del río Zambeze recibimos las primeras instrucciones de supervivencia que nos ponen los pelos de punta. Mejor no pensar, dejar la mente en blanco y que pase lo que tenga que pasar. Empieza la atracción. Remamos con fuerza hacia el primer tramo del río y lo pasamos sin contratiempo. Así hasta que un tanto confiados enfilamos otro tramo de grado medio y nos vamos al agua. La primera vez que salgo despedido de la barca y voy de cabeza al agua, siento que estoy a merced de la corriente, que paso sin control por remolinos y sifones a la vez que sorteo alguna roca que otra en mitad del cauce. No he tragado tanta agua en mi vida. De vuelta en la barca, acometemos otro tramo más complicado, un grado cinco. Y otra vez al agua. Y como no hay dos sin tres, en el siguiente tramo también volcamos. Tengo que reconocer que la impresión no es la misma, que se hace "callo" con esto de estar tanto en el agua de remolino en remolino. No lo lleva tan bien una compañera de barca, que en un tramo que hemos volcado ha tragado tanta agua que sufre un ataque de pánico. Toca tranquilizar y hacer equipo para intentar salir de esta complicada situación. Nos queda más de la mitad del rafting y nos conjuramos los seis tripulantes de la barca para coordinarnos con los remos y dar lo mejor de nosotros. Nuestro guía, conocido por Titanic, parece un hombre tranquilo, pero en esos momentos de incertidumbre no nos puede resultar más agorero su mote. Nuestra suerte cambia y pasamos varios tramos peligrosos sin tragar agua. Gritamos hasta quedarnos roncos cada vez que superamos un nuevo sector peligroso y nuestra confianza va subiendo a medida que discurre la travesía por el río. Por fin llegamos sanos y salvos al final del rafting. Estábamos advertidos de la dificultad del rafting, y hay que reconocer que tal y como salimos de magullados de esta actividad extrema, no les faltaba razón. Eso sí, la experiencia no nos la quita nadie y tampoco el diploma que acredita nuestra participación en tan renombrado rafting.


Ya sólo nos queda juntar a todo el grupo en la última cena. Buena comida junto a una buena compañía. Es la despedida y todos estamos un poco emocionados. Esto se acaba y de tanto como hemos disfrutado nadie quiere regresar. Y ya que estamos en África, este continene que tanto nos gusta a todos, ¿por qué no nos quedamos y seguimos viaje?

miércoles, 13 de marzo de 2013

PARQUE NACIONAL DEL CHOBE



Con la llegada al parque nacional del Chobe se produce un punto de inflexión en nuestro viaje. Hasta ahora hemos viajado en el camión habilitado por Kananga, arropados todo el tiempo por nuestro conductor, cocinero, asistenta de cocina y guía, pero ha llegado el momento de despedirnos de parte del equipo porque a partir de ahora dejamos el camión y nos convertimos en "turistas de etiqueta". Es una despedida aplazada porque con algunos de ellos nos volveremos a ver en la cena de despedida de Cataratas Victoria, justo antes de coger el vuelo de vuelta a nuestras casas. Pero eso será dento de unos día, ahora seguimos con Laura, nuestra guía del viaje que nos instala en un lujoso lodge desde el que salen los barcos cargados de turistas para contemplar la fauna del parque nacional del Chobe. Ahora nos toca compartir con otros turistas ese espacio que a lo largo de este viaje parecía que sólo era para nosotros y que hacía que nuestro viaje fuera especial. No obstante y dadas las circunstancias, merece la pena someterse a este borreguismo turístico con tal de contemplar la cantidad de animales salvajes que posan para nosotros a escasos metros del barco. Además del elefante, el animal por excelencia del Chobe, sobre todo nos llama la atención la cantidad de búfalos e hipopótamos que pastan a orillas del río. Es curioso como las distintas especies hacen su vida en el Chobe, mezclados o separados por manadas, pero todos en su conjunto representan un pequeño paraíso de la vida salvaje a orillas del río Okavango.
A la mañana siguiente nos levantamos muy temprano para realizar con las primeras luces del día un safari en jeep por el parque del Chobe. Hay que adaptarse al ritmo de vida de estos bichos de hábitos nocturnos para que podamos conseguir ver incluso a los más esquivos, como son los leopardos y las hienas. A pesar de la desidia del conductor que nos guía por las pistas a un ritmo acelerado, conseguimos ver un grupito de hienas con sus pupilas iluminadas por los faros del jeep, y otros grupos más afortunados logran contemplar al animal más esquivo entre los esquivos: el leopardo. Más tarde nos enseñan las fotos que han captado ese momento y nos morimos de envidia. Es el peaje que hay que pagar por ser un turista más entre los cientos de turistas que salen cada mañana a ver a los animales salvaje del Chobe. Como nuestro jeep es el primero de todos los grupos, en vez de ver un leopardo somos testigos del paso de la comitiva que acompaña al presidente de Sudáfrica que se encuentra de visita oficial en Botswana. Los de seguridad nos hacen parar en la cuneta en el momento que pasan los coches con sus banderitas representativas, y cuando pasa el coche del presidente con su consorte, saludamos agitando nuestras manos y somos respondidos de igual forma por tan alta autoridad. Simbólicamente también nos despedimos así de Botswana, y pasando una nueva frontera, nos adentramos en Zimbabwe para ver las Cataratas Victoria, nuestro último destino de estas vacaciones.

martes, 5 de marzo de 2013

DELTA DEL OKAVANGO



Vamos a vivir una nueva experiencia en nuestro viaje. Nos acercamos al río Kavango, en concreto a la región conocida como Delta del Okavango. Y vamos a recorrer esta zona a pié, en lancha motora, en barco, en mocoro y en avioneta. Diferentes puntos de vista para tener una visión completa de este gran río que en vez de desembocar en el mar muere en el desierto formando un inmenso delta. Lo más interesante ya no es poder ver nuevas especies que todavía no hemos tenido la ocasión de observar hasta ahora, como cocodrilos o hipopótamos, sino intentar apreciar la magnitud de todo un ecosistema que permite la supervivencia de sus habitantes. 

Una experiencia inolvidable es desplazarse por el delta en mocoro de la mano de unos peculiares "gondoleros". Aprovechando la poca profundidad de estas aguas las estrechas barcas elaboradas a partir de un tronco vaciado se desplazan mediante una pértiga que impulsan con maestría los barqueros de los mocoros. Gracias a ese ritmo cadencioso se pueden apreciar todos los detalles del paisaje, que no son pocos ni mucho menos. Esta manera de desplazarse es como un símbolo de ese ritmo africano que anhelas tanto, sobre todo cuando vuelves a tu residencia habitual en donde suena constantemente la palabra estrés. Aquí no hay estrés, pero igual que en la mayoría de los países africanos sí hay otras carencias más importantes relacionadas con las necesidades primarias. Esas son las verdaderas miserias de la vida, afortunadamente, nosotros hemos nacidos en un lugar privilegiado del mundo que nos permite viajar como si fuésemos marqueses. 

Hablar del delta del Okavango, es hablar de los atardeceres en el río, de esos lugares especiales a los que nos guían nuestros mocoristas para que podamos ver unas puestas de sol que recordaremos toda la vida. Parece que el sol se funde en el agua justo antes de desaparecer en el horizonte. No se me ocurre  mejor forma de poner el broche al final del día.


Y que decir del vuelo escénico en avioneta por el delta. Además de evitarnos un largo desplazamiento hasta el parque nacional del Chobe, nuestra siguiente escala, gracias a esta experiencia podemos ver una imagen distinta del río en donde se aprecian los múltiples canales que caprichosamente forma la naturaleza. Contemplando este paisaje de pequeñas islas y meandros forjados a lo largo de los siglos, se nos abre la boca de igual manera que a un niño cuando contempla un número de magia. La avioneta surca esta paisaje de ensueño que parece extenderse hasta el infinito, provocando que me sienta empequeñecido en medio de este cielo, como si formara parte de una nueva dimensión.

lunes, 11 de febrero de 2013

ETHOSA



Comenzamos una nueva etapa del viaje en donde surgirá la posibilidad de ver cantidad y variedad de animales. Nos acercamos al Parque Nacional de Ethosa situado al norte del país. Nuestro camión hace su entrada a Ethosa por la puerta de Anderson. Nada más traspasar el control de entrada vemos los primeros hervíboros a ambos lados de la pista: orix, springbock, steenbok, kudus, ñus, jirafas, antílopes, dik-dik, cebras, etc. Es tal la extensión del parque que parece que no hay competencia por la comida entre tanto herbívoro. De primeras, pienso con satisfacción que si hay herbívoros también tiene que haber muchos de sus depredadores naturales: leones, leopardos, hienas, etc. ¡Qué ganas tenemos todos de verlos de cerca!

Nos instalamos con la rapidez que ya nos caracteriza en una de las parcelas del camping y parte del grupo decide darse un chapuzón en la piscina mientras el resto se dirige al water-hole para observar a los animales que se van acercando a la charca para beber. Es impresionante observar este espectáculo al anochecer. Se forma un "teatrillo" muy sui géneris en donde los diferentes "actores" se van incorporando a la escena por orden de importancia en la escala animal. Primero beben los elefantes, luego las jirafas, cebras, ñus, sprinbocks, etc. Eso sí, hay animales como los rinocerontes que van por libre, y otros, como los leones o hienas que cuando hacen acto de presencia provocan la huida del resto de los animales. Eso sí, el comportamiento más peculiar es sin duda el de los elefantes y el de las jirafas. Los primeros, porque hay todo una jerarquía interna entre ellos en lo que se refiere al derecho a beber agua: ya se sabe, primeros los machos y hembras más grandes con sus crías, y después los ejemplares más jóvenes que andan siempre midiendo sus fuerzas y posibilidades de acercarse a una hembra fértil. Y todo esta escena se desarrolla a un ritmo tan parsimonioso que pone a prueba nuestra paciencia como espectadores. En cuanto a las jirafas, hay que decir que son los animales más desconfiados que existen. Su parsimonia a la hora de acercarse al pozo es similar a la de los elefantes pero por otros motivos: las jirafas se sienten indefensas en el momento de agachar sus largos cuellos para beber agua. Por esa razón, dan un par de pasos y se paran para vigilar que no haya peligros, luego otros dos pasos más, y más labor de vigilancia. Así hasta que llegan al borde del pozo y se abren trabajosamente de patas por riguroso turno. Mientras tanto, nosotros sentados cómodamente en los bancos habilitados para esta ceremonia, asistimos a este espectáculo como público al que le falta sólo aplaudir.

Otra actividad que se hace dentro del parque es el game drive. ¿Qué es el game drive? Bien a primera hora de la mañana o a última de la tarde, y aprovechando que hace menos calor en la sabana se pueden avistar gran cantidad de animales salvajes en busca de alimento o intentando no acabar en las fauces de algún león. Es la ley de la selva. Es el momento en que los turistas nos subimos a nuestros camiones o todo-terrenos para ser testigos de las andanzas de estos animales. Armados con nuestras cámaras y prismáticos recorremos las pistas con la ilusión de tener la suerte de contemplar a los animales más esquivos (rinocerontes, leones, leopardos, etc.). En nuestro caso, nos cruzamos con varios leones y un solitario rinoceronte que ni se inmuta con nuestra presencia. Bebe de una pequeña charca apartada posando indiferente a nuestra curiosa mirada. Y nosotros, tan nerviosos como si fuéramos niños pequeños que descubren por primera vez el misterio de lo desconocido.

jueves, 24 de enero de 2013

KAOKALAND



Abandonamos el camping de Epupa para dirigirnos hasta la región de Kaokaland. La ruta nos lleva hasta un Cheetha farm de la zona para poder ver guepardos que han sido recogidos malheridos o repudiados por su madre y que de otra forma no tendrían ninguna esperanza de salvación. Los guepardos son como grandes gatos que en plena naturaleza tienen que competir con otros felinos de forma desigual. Estos animales no tienen ni la fuerza, ni la envergadura necesaria para intimidar a otros depredadores más poderosos, por eso utilizan la velocidad para capturar a sus presas y la astucia para conseguir sobrevivir en el medio salvaje. El propósito de estas granjas de cheethas es protegerles frente a sus competidores naturales durante el tiempo necesario hasta que son capaces de recuperarse de sus heridas y valerse por sí mismos. Eso es lo que al menos dice la teoría. 

El dueño de la granja nos abre sus puertas y enseguida vemos a un par de guepardos que andan sueltos por la granja y que incluso se dejan acariciar por los turistas. Luego, nos suben en una camioneta y entramos en la zona acotada en donde se encuetran en semilibertad el resto de los guepardos de la granja. Es la hora de la comida para estos animales, y ellos lo saben perfectamente, porque salen de diferentes rincones para seguirnos a corta distancia hasta un pequeño descampado. Empieza el espectáculo: los conductores de la camioneta van arrojando trozos de carne a los guepardos que luchan entre sí por ser los primeros en hacerse con su ración de carne. Todo esta escena se desarrolla a pocos metros de nuestras camionetas para que podamos hacer unos buenos primeros planos de estos animales salvajes. Si te pones a pensar que sólo con un pequeño salto estos guepardos serían capaces de subirse al remolque del jeep en donde nos hacinamos los turistas y "hacerse" con más kilos de carne, y que siempre, siempre hay una persona dentro del grupo que le dá por hablar con los guepardos como si fueran simples gatitos, riñéndolos para que no se peleen entre ellos, no es de extrañar que me dé por considerar que esta situación no esté totalmente bajo control. Bueno, al final no pasó nada. 


Pasamos otra noche de camping en los terrenos de la propia granja. Y como todas las noches de este viaje, un pequeño grupo encabezado por Manuel sale para su habitual expedición nocturna en busca de "animalitos" despistados. Es una noche oscura, de esas típicas noches sin luna en donde la linterna no ilumina más que un par de metros delante nuestro. Avanzamos con cautela, pensando que solo hace unas pocas horas alimentaban a los guepardos cerca de donde nos encontramos. El camino nos conduce hasta una valla abierta, y seguimos. Cien metros más allá otra valla abierta, y también seguimos. Antes estaban cerradas y los guepardos dentro, agazapados entre la maleza. El miedo que sentía me hacía imaginarlos a mi lado dispuestos a saltar a mi cuello. Hasta que ya no pude más y junto a una parte del grupo decidimos desandar nuestro camino y considerar que ya habíamos tenido bastantes emociones. De andar pasamos al trote, y del trote a la carrera para buscar a los otros compañeros que se habían quedado esperando al principio del camino. Cuando más seguros creíamos estar, unos gritos provenientes de la oscuridad nos dejaron helados de miedo. Las risas no se hicieron esperar. Desde la espesura salieron tronchándose de risa un grupo de italianos junto a nuestros compañeros. ¡Qué susto nos dieron los cabrones! Habrá que pensar que el miedo es humano y que la vergüenza en estos casos es lo menos importante. 

miércoles, 5 de diciembre de 2012

CATARATAS EPUPA



Hoy nuestro destino final nos lleva hasta las cataratas Epupa situadas justo en la frontera entre los países de Namibia y Angola. El río Kunene ha formado estas cataratas, creando un oasis con sus palmeritas incluidas en medio de un inmenso pedregal. Para llegar hasta este apartado lugar hay que recorrer muchos kilómetros de pista en mal estado que pone a prueba la mecánica de nuestro camión. ¿Merece la pena desviarse hasta este punto? Dejo la pregunta en el aire por si alguien que haya estado en este lugar quiere opinar al respecto.
Antes de llegar hasta Epupa hacemos una pequeña parada en el pueblo de Opubo para avituallarnos con lo necesario. Resulta curioso observar como conviven las etnias Herero y Himba en esta región de Namibia, sobre todo si coincides con ellos en un moderno supermercado. Si la escena se hubiera desarrollado en un típico mercado africano no resultaría tan llamativa, pero que coincidas con ellos moviéndote entre las ordenadas estanterías repletas de productos de primeras marcas, pasa a convertirse en una de las más llamativas anécdotas de este viaje por Namibia. Os describo la vestimenta de las mujeres Herero: colorido vestido victoriano hasta los pies y un sombrero en la cabeza que parece una cabeza de vaca. Y la vestimenta de las Himba: taparrabos, tetas al aire, piel y cabellera embadurnada de arcilla roja. No hace falta hacer una descripción más amplia para notar las grandes diferencias entre las dos etnias.
El emplazamiento elegido en Epupa para instalar las tiendas de campaña no puede ser más idóneo: altas palmeras que dan buena sombra junto a un brazo del río Kunene. En este camping pasaremos dos días (¡bien, que no hay que desmontar las tiendas ni el campamento al día siguiente!) y contaremos con el lujo de disponer de wifi en el bar del camping. Cuando se hace de noche, toca "whatsappear" con los familiares, comunicarse con ellos en donde menos esperábamos hacerlo.
Al día siguiente está programada una visita a un poblado de la etnia Himba. Nos desplazamos hasta allí en nuestro camión en menos de una hora. Resulta ser una visita concertada, y hay que aguardar el turno correspondiente como en la pescadería, para poder ser "atendidos" por los Himba. Como les hemos llevado comida, a cambio podemos hacer libremente fotos a todos los miembros del clan familiar. Los niños y las mujeres se prestan alegremente a la sesión fotográfica, bien posando en grupo, o bien a título individual no sin cierta coquetería. En cambio, los pocos hombres que hay en esos momentos se muestran un tanto distantes, como si ellos estuvieran por encima de estas situaciones. Terminamos la visita dentro de una de sus chozas, en donde nos recibe una joven mujer que por medio de un intérprete nos informa de sus costumbres y ritos. Se conoce que no es vergonzosa la himba, porque al final de la entrevista no duda en mostrar su interés por un miembro de nuestro grupo. Esta escena provoca la hilaridad de todos porque la himba parece que no tiene buen ojo al haberse interesado sexualmente por un gay.
A la tarde volvemos al camping para visitar con más detenimiento las cataratas Epupa. Un sendero nos lleva hasta un mirador natural en donde contemplar esta modesta cascada rodeada de baobabs que se asoman al vacío. Si se decide proseguir la marcha por el mismo sendero, éste te conduce hasta una pequeña y coqueta playa de arena en medio de la nada, en donde contemplamos las huellas de los animales salvajes que han saciado su sed no hace tanto tiempo. Se hace la noche, y el miedo provoca que me los imagine agazapados en la espesura, atentos a los movimientos de nuestro pequeño grupo. 

viernes, 9 de noviembre de 2012

SPITZKOPPE



No sé si es un sueño, pero en Namibia hay veces que piensas que no viajas por África. Por ejemplo, estás en el centro de la ciudad de Swakopmund, en la intersección de varias calles mientras esperas que se ponga el semáforo en rojo y el paisaje que divisas no puede ser más semejante a la de cualquier ciudad europea. Los edificios son de influencia alemana, los coches que circulan son modernos, las calles están limpias y no se ven muchos negros andando por las aceras. Pero sí, estamos en África, descansando en Swakopmund en un hotel que es también una residencia de ancianos (blancos, por supuesto), después de pasar varios días durmiendo en tienda de campaña. En Swakopmund se puede beber cerveza, visitar algún museo, darse un paseo a orillas del mar y cenar un buen pescado fresco. Pasar dos días en esta ciudad resultaría aburridísmo, no me extraña que los de Kananga se lo planteen como una jornada de transición. Dejemos Swakopmund y hablemos de Spitzkoppe. De dormir cómodamente en nuestra amplísima habitación del hotel, a pasar la noche en un campamento libre, en medio de un paisaje en donde la roca granítica sobresale en múltiples formas ofreciéndonos un paisaje de ensueño. Cerca de nuestras tiendas se encuentra una cueva lo suficientemente grande para que nos sirva de comedor para la cena. Laura, nuestra guía, se ha guardado este secreto y sólo a la hora de la cena nos desvela la sorpresa iluminando el camino hasta el fondo de la cueva mediante velas encendidas. Gracias a esta experiencia vivimos uno de esos momentos que recordaremos durante mucho tiempo. Mis recuerdos después de tanto tiempo van dando saltos en el tiempo, no es extraño por tanto que narre anécdotas que han sucedido después de otras, pero espero que no altere mucho los acontecimientos si me permito esta licencia. Ese mismo día, aprovechando los últimos rayos de sol, nos hemos dado un paseo por el paraíso de los bosquimanos en Spitzkope. Conducidos por un guía del parque hemos escalado una pequeña y empinada montaña agarrándonos a una pasarela montada para la ocasión. Una vez que ascendemos el guía nos muestra unas figuras pintadas en la roca de cazadores y animales salvajes que se encuentran en un estado de conservación bastante precario. La visita termina en un escenario natural con una acústica especial semejante a un teatro. Justo enfrente nuestro, el sol se va poniendo poco a poco, alargando nuestras sombras por este paisaje primigenio de roca granítica. Y qué decir de la cena en la cueva iluminada a la luz de las velas. Parecía un escenario sacado de una película de trogloditas. Sólo nos faltó que después de nuestras ya habituales "cacerías nocturas" o "bicho hunting" nos pusiéramos a pintar las paredes de la cueva con los animales avistados en la jornada.

martes, 16 de octubre de 2012

DESIERTO DEL NAMIB



Nuestro destino vacacional este mes de agosto ha vuelto a ser África, en concreto hemos viajado por buena parte de Namibia, y en menor medida, por otros dos países del sur de África como son Botswana y Zimbabwe. Un viaje que nos ha impresionado por su variedad paisajística y por la calidad del grupo humano que formamos todos los que nos montamos un día a mediados de agosto en el camión de Kananga (agencia especializada en viajes por África). Volamos hasta Windhoek, vía Londres-Johanesburgo, cruzando casi todo el continente africano de norte a sur. A poco de transitar por sus calles, la capital de Namibia nos sorprende por su modernidad, por su incuestionable influencia alemana y holandesa. Se nota que hasta el año 1990 Namibia no consiguió su independencia. Si tenemos en cuenta que lo más importante que hay que reseñar de Windhoek son las vistas de la ciudad desde la terraza de un hotel de lujo, pues todo queda dicho. En defensa de Windhoek hay que decir que la mayoría de ciudades africanas carecen de interés en comparación con el paisaje y su fauna, o los poblados con sus mercados bulliciosos. Pasemos página y montemos en el camión que nos va a llevar hasta un destino que sí parece mucho más interesante. Llueve en Namibia. Laura, nuestra guía, no se lo puede creer, pero parece que estamos sufriendo los últimos coletazos de un frente frío que ha dejado hace un semana una pequeña nevada en Sudáfrica. Creo que ya todos sabéis que esta parte de África se encuentra en el hemisferio sur, con lo que aquí es invierno. Ya nos han avisado amigos que han viajado por Namibia en otras ocasiones que en el mes de julio hace bastante frío en este país, pero es que estamos a mediados de agosto y ¡joder con el tiempo que estamos soportando! El camión se va comiendo poco a poco los kilómetros por rectas carreteras que parecen no tener fin. Es una manera poética de hablar, porque nuestra meta del día está fijada en el desierto del Namib, en un camping cercano en donde montamos por primera vez nuestras tiendas de campaña y en donde también esperamos con ansiedad subirnos en la avioneta que nos permitirá sobrevolar este inmenso desierto de dunas rojas. Y que os puedo contar de esta experiencia que otros no hayan narrado anteriormente. Pues que hay que vivirla en primera persona; que te sientes más pequeño si cabe al volar por encima de la inmensidad del desierto; que al atardecer el contraste del rojo intenso de las dunas con el cielo azulado te deja boquiabierto y sin palabras. Una vez puestos los pies en el suelo, toca cenar y pasar la noche más fría de mi vida. A mitad de la noche tuve que salirme del saco para ponerme el forro polar, y ni con esas entraba en calor. Tiritaba y tiritaba, y no veía el momento en que se hiciera de día para desayunarme un café calentito con el que templar mi cuerpo. Toca madrugar para estar lo antes posible en la famosa duna 45 del desierto del Namib. Todavía adormecidos emprendemos a la carrera la empinada subida hasta la cima de la duna con el único objetivo de conseguir ser de los primeros en llegar para contemplar desde un lugar privilegiado la salida del sol. Como son casi ciento cincuenta metros de desnivel que se ascienden por una estrecha cresta que impide los adelantamientos, lo único que consigo es un meritorio décimo puesto, que eso sí, me otorga unas preciosas vistas de ese sol que poco a poco nos tiñe con su luz de tonos rojizos. No hay que ser un experto fotógrafo porque hasta con la cámara más sencilla se consigue sacar una fotos estupendas. Según van pasando los minutos la luz va cambiando a tonos cada vez más claros y el horizonte parece extenderse más allá de donde abarca nuestra vista. Desde nuestra atalaya contemplamos la base de la duna como si ejerciera una fuerza gravitatoria imposible de superar, por eso nos lanzamos gritando por la pendiente hundiendo los pies hasta más allá de los tobillos y rodamos algún tramo haciendo la popular "croqueta". Después de tantas emociones nos hemos ganado un buen desayuno a pie de duna. Tras reponer fuerzas, un breve desplazamiento en todo-terreno y luego a pié nos conduce hasta Deadvlei, en donde contemplamos otro paisaje muy característico del desierto del Namib. En medio de este valle salado se alzan los troncos quemados y retorcidos de varias acacias. El contraste de sus troncos carbonizados con el color naranja de las dunas y el blanco del suelo salado deja boquiabierto cualquiera. Para sacar fotos, de vez en cuando hay que espantar a alguna señora que se ha hecho fuerte a la sombra de una acacia, y que está cansada de esperar a que su marido deje de sacar fotos de cada metro cuadrado de Deadvlei. De valle a valle; de Deadvlei a Sossusvlei para contemplar un lago con el agua suficiente como para que un par de flamencos hundan su pico en busca de comida. De esta forma nos despedimos de los paisajes desérticos del Namib. Hemos tenido la posibilidad de contemplar sus dunas planeando con la avioneta mientras surcábamos un cielo azulado, o montados en nuestra casa-camión en alegre camaradería, o a "pata", sintiendo cómo se filtra la fina arena por nuestro calzado mientras caminamos por este inmenso paisaje; lo hemos vivido soportando el frío de la noche y el impenitente sol del mediodía; lo hemos disfrutado observando el amanecer desde lo alto de una gran duna o al calor de una hoguera en una noche de grata conversación en grupo. El sueño nos conduce a nuestras tiendas, y soñamos ya con los nuevos paisajes que nos faltan por descubrir en este viaje.